Alonso Fernández de Avellaneda

Alonso FERNÁNDEZ DE AVELLANEDA
→ Segundo tomo de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”
Ed. Milagros Rodríguez Cáceres y Felipe B. Pedraza Jiménez.

Ciudad Real, Diputación Provincial de Ciudad Real, 2014, 420 págs.
ISBN 978-84-778-930-9-7

Jesús MAIRE BOBES
Madrid

Como es bien sabido, la silva quijotesca fue tan abundante desde 1605, año de la publicación de la primera parte de la novela cervantina, que supone una tarea gigantesca el recuento de la multitud de versiones y recreaciones que existen, porque desde fecha muy temprana el texto fue continuado en muchas ocasiones: el Entremés de los romances (aunque todavía no se sabe con seguridad si esta pieza es anterior o posterior al Quijote); las tres adaptaciones de Guillén de Castro; el Entremés de las aventuras del caballero don Pascual del Rábano, etc. ¿Qué decir de la innumerable lista de mascaradas, parodias, romances, sátiras, piezas alegóricas, reseñas, letanías, sonetos y epístolas? ¿Qué de emocionados tributos como el de Dostoyevski, quien creó a imagen del hidalgo manchego al idiota príncipe Mishkin?

Evidentemente, la imitación más famosa, porque influyó en el Quijote de 1615, fue dada a la estampa en 1614 por Alonso Fernández de Avellaneda. Esta obra, que posee méritos indudables, siempre se ha visto ensombrecida por el original, puesto que el autor apócrifo transformó al hidalgo loco e idealista en un demente que acaba encerrado en un manicomio de Toledo; Sancho dejó de ser aquel labrador ambicioso y se convirtió en un rústico borracho y grosero; el personaje femenino central (Dulcinea) pasó a ser una ramera vieja (Bárbara). Además, el perspectivismo cervantino, tan complejo y singular, repleto de finas ironías y sutiles planos de ficción, fue abandonado y sustituido por una prosa menos delicada; el espíritu erasmista se trocó en una defensa de la Contrarreforma… Lógicamente, esto no supone impedimento alguno para celebrar el cuarto centenario de dicha impresión. Por eso, la Diputación Provincial de Ciudad Real ha tenido la feliz idea de encargar a dos profesores de reconocido prestigio la edición de la obra. Ciertamente, Milagros Rodríguez Cáceres y Felipe Pedraza Jiménez son dos editores experimentados, estudiosos perspicaces de la historia de la literatura española. Ya de modo individual o en colaboración, han publicado numerosas obras de Lope de Vega, Cervantes y otros grandes autores del Siglo de Oro. Sus ensayos gozan de justa y merecida estimación.

En la Introducción, los editores pasan revista a algunas continuaciones (la mayoría, chanzas grotescas, intrigas arbitrarias o simples invenciones) y establecen una conclusión que suscribimos plenamente: “Si atendemos a los ejemplos enumerados, significativos del tratamiento que los contemporáneos dieron a la figura de don Quijote, es fácil que incluso los críticos más enojados con Alonso Fernández de Avellaneda estén de acuerdo en que el Segundo tomo de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” es la recreación más ambiciosa y estéticamente más conseguida de ese universo, dejando al margen –claro está– la obra original” (pág. XII). Para mostrar que la continuación de Avellaneda es la más valiosa de todas, Rodríguez y Pedraza recurren a varios factores: entre ellos, el realismo y los retratos degradantes de algunos personajes.

El primer elemento ―el deseo de verosimilitud―, se concreta en distintos aspectos: el nombre del protagonista (Martín Quijada), su patria (Argamesilla), el nombre de la sobrina del caballero (Madalena) e itinerarios precisos. El realismo, a juicio de los editores, se encanalla con frecuencia y adquiere tintes picarescos en algunos episodios: como el de la venta del Ahorcado y el de la moza gallega. Las notas degradadoras aparecen en el retrato de Bárbara (la reina Cenobia a ojos del caballero). Para apoyar el razonamiento de que la prosa de Avellaneda se acerca al genio satírico de Quevedo, citan un pasaje del capítulo XXIII que recuerda las desventuras de Pablos, el buscón, en el colegio: “Y no hube bien levantado la cabeza, cuando comenzó a llover sobre mí tanta multitud de gargajos que, si no fuera porque sé nadar […]. Pero un cararrelamido, que parece que aún ahora me lo veo delante, me arrojó tan diestramente un moco verde, que le debía tener represado de tres días según estaba de cuajado, que me tapó de suerte este ojo derecho” (pág. XVII). Normalmente, la fortuna literaria de cualquier imitador discurre en sentido diametralmente opuesto al del modelo. Avellaneda era buen escritor, pero no superó a Cervantes (ni a Quevedo).

Aparte de estas descripciones amargas, crueles y satíricas, hay otro ingrediente que diferencia a Avellaneda respecto a Cervantes: la sexualidad, pero no como manifestación vital, sino más bien como elemento envilecedor y canallesco. Así ocurre con los cuentos intercalados (capítulos XV-XX), que incluyen abundantes motivos lascivos; con el episodio de la moza de la venta, una ramera; con las alusiones desvergonzadas de Sancho a su esposa, etc. Rodríguez y Pedraza mencionan otro aspecto atrayente: el de la perspectiva aristocrática del autor, ya que menudean los elogios del modo de vida nobiliario, bien porque algunos personajes secundarios ―Álvaro Tarfe, por ejemplo― pertenezcan a dicho mundo, bien porque se incluyan motivos y relaciones de fiestas cortesanas, bien porque abunden historias palaciegas. A diferencia del original, en que se censuraba el comportamiento cruel con Sancho y don Quijote, en Avellaneda nadie afea las bromas y burlas que padecen los dos protagonistas. En cuanto a los cuentos intercalados, los editores aplauden la acción, la coherencia de la trama argumental y el estilo narrativo de Avellaneda: “A pesar de incluir dos relatos enteramente ajenos a la acción principal, ha tenido la intuición precisa para evitar uno de los motivos de disgusto de los lectores del Quijote de 1605: la presencia de personajes secundarios cuyas peripecias desvían la atención de los hechos del caballero y el escudero. Adelantándose a Cervantes, Avellaneda ha oído la petición de los lectores y ha presentado, sin más figuras que las dos novelitas, las andanzas de los protagonistas. La arquitectura argumental del relato (en el fondo, una novela realista en la que nada extraordinario ni milagroso puede ocurrir) es muy sólida” (pág. XXII).

Rodríguez y Pedraza, con razón, censuran las caracterizaciones toscas y simples de los dos protagonistas. En efecto, tanto el caballero como el escudero son descritos de modo caprichoso y torpe. Entre los rasgos que el novelista explotó de modo cansino, figuran la charlatanería, la glotonería y la cobardía: “Ensarta discursos disparatados, confunde ideas y conceptos elementales, encadena perogrulladas y ridículas parodias del lenguaje altisonante, recurre continuamente a las referencias escatológicas y malolientes” (págs. XXIII-XXIV). Al abordar los diferentes planteamientos estéticos de Cervantes y de Avellaneda, los editores estiman que las tres novelas son “obras exclusivamente cómicas” (pág. XXVI). La torpeza y la deformidad rigen los primeros capítulos del Quijote de 1605: “El hidalgo manchego resulta ridículo porque está loco y el lector lo considera inferior a él. Provoca la hilaridad porque desconoce el mundo que lo rodea y da constantemente palos de ciego” (pág. XXVII). Aun estando de acuerdo con estas opiniones -bien sostenidas con citas de teóricos como López Pinciano-, creemos que hay otro rasgo en la comicidad de la novela, porque la propuesta cervantina establece un contraste fundamental con aspectos capitales de los libros de caballerías que los lectores contemporáneos, habituados a príncipes y escenarios de ensueño, bien conocerían; es decir, frente a héroes bizarros y lozanos, Cervantes construye un tipo viejo, loco y desportillado; en lugar de espacios exóticos, poblados de universos artificiosos y espectáculos fastuosos, describe una comarca próxima y real, La Mancha; contra las victorias imperiales que reflejaban Esplandianes y demás caballeros, expone las derrotas continuas de un hidalgo manchego y un pechero ambicioso; frente a la honra alcanzada por Amadises y Palmerines, hunde y humilla de modo sistemático al protagonista.

Un asunto que siempre ha preocupado a los filólogos es el nombre bajo el que se oculta Avellaneda. Rodríguez y Pedraza enumeran un minucioso catálogo de posibles autores y otro de los estudiosos que han propuesto la candidatura correspondiente. Dejando a un lado pintorescas sospechas ―como la del propio Cervantes y la de un humanista alemán―, el curioso e interesante repertorio, dividido en tres secciones ―religiosos, escritores consagrados y laicos desconocidos―, llama la atención por el celo y esmero que los hispanistas han dedicado a la cuestión, y hasta tal punto debe de resultar apasionante que algunos han atribuido la paternidad no a uno, sino a ocho escritores distintos. Con buen juicio, los editores concluyen este apartado: “Quizá haya que admitir, entre la resignación y la esperanza futura, que, hoy por hoy, nos faltan datos para despejar la incógnita de forma que convenza el conjunto de la comunidad científica” (pág. XXXIII). No obstante, aportan un conveniente perfil de Avellaneda y de las circunstancias en que pudo haber sido creada la novela. Sospechan que debió de ser un entusiasta lector del Quijote original que decidió continuar la obra de Cervantes al ver que este tardaba demasiado en publicar la continuación; opinan que nada induce a pensar que odiase al manco de Lepanto; y sostienen con fundamento que admiraba a Lope de Vega, lo cual explicaría los abundantes elogios que vierte a favor del gran dramaturgo y poeta.

Finalmente, Rodríguez y Pedraza señalan el propósito de su edición; en primer lugar, “conmemorar el IV centenario de la publicación del Quijote de Avellaneda con una impresión dirigida a un público culto pero no formado por filólogos profesionales” (pág. XXXVII). A continuación, abordan cuestiones técnicas en la transmisión del texto, que glosan con precisión y brevedad: las dos ediciones de la novela, los tres ejemplares que de ambas se conservan en la Biblioteca Nacional de España (uno de la primera, dos de la segunda), etc. Modernizan la ortografía, puntúan según las normas actuales, deshacen las contracciones (destede este) y respetan los usos lingüísticos del siglo XVII. Incluyen bibliografía detallada (dividida en tres apartados: ediciones del siglo XVII, ediciones posteriores y estudios sobre la novela) y un índice de topónimos. Con el fin de facilitar la comprensión del texto, glosan vocablos, locuciones y refranes al final del volumen. Capítulo aparte merece la sobresaliente anotación, porque los editores establecen comparaciones atinadas con el original, identifican libros profanos y sagrados, apuntan olvidos y confusiones del novelista, recuerdan episodios y nombres de personajes del primer Quijote, traducen con acierto las citas clásicas y las bíblicas, utilizan ediciones modernas para resolver pasajes, explican el significado de vocablos y expresiones populares, descifran situaciones enmarañadas. Señalan erratas, que corrigen con lógica; aclaran el sentido de redondillas y maliciosas acepciones de algunos vocablos; relacionan pasajes con textos de la cultura clásica y contemporánea, comentan rasgos lingüísticos y gramaticales; resumen leyendas, mitos y aspectos históricos; informan de aspectos judiciales del Siglo de Oro, etc. Como se ve, notas variadas que, sin resultar fatigosas, sintetizan y aclaran aspectos fundamentales de la novela.

En definitiva, estamos ante la edición de un libro importante que influyó en el Quijote de 1615, tanto en el argumento como en algunos contenidos. Estamos seguros de que el magnífico trabajo de Milagros Rodríguez y de Felipe Pedraza supondrá una referencia obligada, solvente y satisfactoria en la abundante serie de congresos y conmemoraciones que a buen seguro tendrán lugar en el presente año.

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