Jesús G. MAESTRO (ed.)

Necrosis de la posmodernidad

Sobre el estado actual de la interpretación de la Filosofía y la Literatura en España

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Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2016, 246 pp.
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NECROSIS DE LA POSMODERNIDAD.
SOBRE EL ESTADO ACTUAL DE LA INTERPRETACIÓN DE LA FILOSOFÍA Y LA LITERATURA EN ESPAÑA

La literatura tiene quien la escriba —pues sobran autores—, pero no tiene, con la misma frecuencia, quien la interprete: porque, cada día más, faltan transductores debidamente educados. Leer no es interpretar para los demás, sino para uno mismo. Un lector es un intérprete sin poder. Por eso, muchas veces, la literatura no tiene quien la interprete, aunque tenga quien la escriba. La interpretación exige un poder que la haga efectiva.

La esencia literaria de una obra, es decir, su materia literaria, su ser literario, no depende solo del lector. Algo así sería un reduccionismo de los cuatro materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o transductor) a uno solo de ellos (el lector). En esa falacia y reduccionismo incurrió la estética de la recepción de Jauss e Iser, y sus seguidores.

Tampoco todo esto puede reducirse solo al transductor o intérprete. La literatura es cosa de cuatro. No es un ménage à trois como consideraban Jakobson y los estructuralistas acríticos que le siguieron (emisor, mensaje, receptor). Semejante matraca la repitieron durante más de medio siglo, como si nada. No cabe mayor ni más miope simplismo. Aún hoy, en Francia, y en muchos otros países, siguen con lo mismo. Acríticamente, siguen con lo mismo. Y en media España, también. Así está la Teoría de la Literatura: hoy, como hace más de 50 años.

De cualquier modo, lo que quiero decir cuando escribo que la literatura puede sobrevivir sin lectores, pero no sin intérpretes o transductores, es que lo que preserva a la literatura como tal no son quienes la leen, sino quienes la interpretan institucionalmente para los demás, y como tal la preservan en las instituciones a las que sirven: universidades, bibliotecas, prensa, academias de la historia, de la lengua, etc… Es decir, quienes disponen de poder político, porque tales instituciones son políticas: son instituciones del Estado.

El lector interpreta para sí: no dispone de más alcance ni poder (es un consumidor). El intérprete o transductor interpreta para los demás: es un delegado de un poder institucional capaz de imponer su interpretación, o la interpretación de su amo, a los demás.

Lo peor para la literatura no es que se quede sin lectores. La literatura no tiene lectores: ¿quién lee el Cantar de mio Cid, Pasión de la Tierra o Cárcel de Amor? Solo los intérpretes académicos. Lo peor que le puede pasar a la literatura es que se quede sin intérpretes, porque nadie la preservará. No será ni recuerdo. Y porque, además, sin lectores se ha quedado ya hace un siglo. O más (cuando menos).

Jesús G. Maestro

 


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