Don Quijote y sus nombres

Héctor BRIOSO SANTOS
→ El nombre de don Quijote
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2013, 82 pp.

ISBN 978-84-15175-57-5

Reseña de Antón García-Fernández
The University of Tennessee at Martin

 

No por ser breve y constar de unas pocas decenas de páginas es el opúsculo que nos ocupa, obra de Héctor Brioso Santos, profesor titular de la Universidad de Alcalá, menos pertinente o reviste menor interés. Más bien al contrario: es un estudio concienzuda y seriamente desarrollado, un trabajo absolutamente necesario en unos tiempos que corren en los que la filología acostumbra a ofrecernos estudios de dudosa calidad y, en demasiadas ocasiones, caracterizados por una escandalosa falta de rigor científico y filológico. No es este, huelga decirlo, el caso del librito de Brioso Santos, en el que el autor se ocupa de indagar con suma integridad crítica en una cuestión que los cervantistas han tratado desde diversos y, a veces, encontrados puntos de vista a lo largo de las décadas: la polivalencia onomástica del personaje principal del Quijote, así como su posible procedencia. No obstante, no tenemos entre manos simplemente un estudio más dedicado a ahondar en dicho tema, por cuanto su génesis viene dada por la reacción de Brioso Santos ante un reciente artículo salido de la pluma de la profesora Ana Pérez Vega, que el autor de este libro considera —y creo que con total justicia— carente de todo rigor científico y académico. El texto que enciende la mecha de la respuesta de Brioso Santos se cobija en un volumen colectivo publicado en 2011 y nos sorprende con el título a priori atractivo de “El origen del nombre del Quijote y el hallazgo de un ejemplar español de la editio princeps sevillana de El asno de oro de López de Cortegana”. Sin embargo, y pese al interés que suscita el título, en dicho artículo, Pérez Vega, tras darnos cuenta del descubrimiento del mencionado ejemplar de la traducción de la obra de Apuleyo a cargo de López de Cortegana, hace poco más que informarnos de su convencimiento de que Cervantes, sin lugar a dudas, tuvo que basarse en dicha traducción a la hora de crear el nombre de su caballero andante, lo cual se justificaría por el empleo que López de Cortegana hace de la voz quixotes al verter al castellano la descripción de un desfile carnavalesco en el texto apuleyano. Mas, como Brioso Santos señala oportunamente, nos encontramos ante un uso aislado y en un contexto ciertamente ajeno al Quijote de un vocablo que aparece en multitud de ocasiones en los libros de caballerías que Cervantes conocía con notable profundidad y que le sirvieron como modelo para la creación de su magna novela. A juicio de Brioso Santos, los argumentos aducidos por Pérez Vega para justificar su dudosa tesis resultan poco sólidos, ya que a fin de cuentas, la idea principal de su artículo parece marcadamente irracional, procedente de una convicción ex nihilo, dando lugar a una suerte de crítica literaria armada sobre puros psicologismos que no son cotejados rigurosamente con los textos y posibles fuentes con que debe trabajarse. “[N]o entiendo bien las ventajas de una especie de filología de intuiciones y no basada en la rigurosa constatación de los datos” (21), afirma Brioso Santos, que concluirá mucho más adelante: “el principal enigma nominal del Quijote [es] un asunto que parece que debería dirimirse a partir de las fuentes más cercanas de esa novela” (73). Y de eso, precisamente, se ocupa el estudio de Brioso Santos, que delinea una frontal refutación de la tesis sofista y decididamente inverosímil de Pérez Vega, revisando para ello las diferentes aproximaciones a este asunto de índole onomasiológica llevadas a cabo por el cervantismo a lo largo del tiempo y añadiendo, asimismo, ciertas observaciones relevantes de cosecha propia.

Un estudio concienzuda y seriamente desarrollado, un trabajo absolutamente necesario en unos tiempos que corren en los que la filología acostumbra a ofrecernos estudios de dudosa calidad y, en demasiadas ocasiones, caracterizados por una escandalosa falta de rigor científico y filológico

Si bien quizá no hayan corrido ríos de tinta tan caudalosos en lo referente al nombre de don Quijote como los suscitados por otros elementos de la novela, no es cierto tampoco, como parece querer implicar Pérez Vega en su artículo, que no exista prácticamente bibliografía sobre el particular. Brioso Santos demuestra que éste es un asunto que ha interesado profundamente a estudiosos ilustres como Américo Castro, Dámaso Alonso o Martín de Riquer; a escritores como Miguel de Unamuno, Azorín o Pedro Salinas; a filósofos de la talla de Ortega y Gasset; e incluso a Diego Clemencín, uno de los primeros editores modernos del Quijote, ya en el siglo XIX. Brioso Santos comenta, junto a las teorías cuya validez suscribe y que veremos más adelante, otras que, en su opinión, deben ser tratadas con mayor cuidado, como es el caso—por citar únicamente dos—de la interpretación en clave religioso-alegórica de Elie L.G. Den Dooren, según la cual los dos quijotes que el caballero lleva en su armadura se identificarían con las siete obras de misericordia corporales y espirituales, o las supuestas alusiones a Homero que el nombre de don Quijote encerraría de acuerdo con Eric Mayer, justificadas por la legendaria marca de nacimiento que, según Heliodoro en sus Etiópicas, el poeta heleno lucía en el muslo. Frente a esta suerte de teorías difícilmente convincentes, a Brioso Santos le parece infinitamente más verosímil explicar la elección del nombre del personaje central del Quijote a partir del diálogo intertextual y lúdico que Cervantes establece con la tradición caballeresca, algo que han apuntado muchos otros cervantistas, cuyas tesis el crítico valora y sintetiza críticamente en las páginas del presente libro. Como ya he apuntado, a Brioso Santos le interesa el estudio de las fuentes textuales que con mayor probabilidad pudo haber manejado Cervantes. Debemos, pues, considerar el universo de los libros de caballerías, en los que abunda el término quijote como una parte de la armadura caballeresca, para poder comprender la elección por parte de Cervantes de un nombre que se erige a la vez en homenaje y en mofa de los héroes de dichos textos literarios: por un lado nos remite a la historia de Lanzarote del Lago, pero por otro resuena en su interior el sufijo aumentativo –ote, entendido aquí de manera jocosa. Como acertadamente observa el autor, se trata de “una voz rebuscada y antigua, que suena fuerte en los oídos de sus lectores, pero cuya sufijación la revela como un tanto arcaica, hueca, casi grotesca. Estos matices contradictorios están indudablemente conseguidos si aumentamos la secuencia: don Quijote de la Mancha, un nombre y un apellido tan sonoros como paradójicos y ridículos” (55). Y si continuamos por la senda de los libros de caballerías, veremos que existen concomitancias entre el nombre del caballero manchego y el del hidalgo Camilote, personaje ridículo y humorístico que se encuentra en las páginas de Los tres libros del muy esforçado cauallero Primaleon et Polendos su hermano, que data de 1534 y que, en opinión de Dámaso Alonso, entre otros estudiosos como L.A. Murillo, Martín de Riquer y Dominique Reyre, parece prefigurar a don Quijote.

Pero la carga semántica del personaje no se agota ahí, sino que existen también asociaciones de índole culinaria entre Quijote y gigote, voz de origen francés que designa un guiso de carne de carnero picada que el lexicógrafo Sebastián de Covarrubias recoge en su Tesoro (1611), en una entrada en la que relaciona los términos quijote y gigote. Es ésta una asociación que el propio Cervantes pone en boca de Dorotea-Micomicona en el trigésimo capítulo de la primera parte de la novela, un pasaje que nos recuerda Navarro Durán en uno de sus artículos. Como subraya Brioso Santos,

queda clara la intención cervantina de motejar al hidalgo con un nombre ridículo que alude a una comida y a unos animales corrientes, lo que, a su vez, atrae el recuerdo del pasaje inicial en el que el hidalgo ha sido caracterizado a través de su parca alimentación como un propietario rural modesto y de morigeradas costumbres, es decir, bastante menos de lo que sus teóricas caballería andante y elevada nobleza exigirían posteriormente. (58)

Tanto quijote como gigote, observa el crítico, confluyen en su referencia al muslo—la pieza de la armadura cubre el muslo y el guiso lo es de pierna de carnero—y ello intensifica la imagen de don Quijote como un personaje alto, magro y de piernas largas, algo que ya había enfatizado Lamana de Lasa al considerar la relación existente entre quijote y guija, vocablo este último que designa un objeto de forma angulosa.

El nombre de don Quijote puede ser calificada como una obra concebida en oposición a y denuncia de una tendencia crítica, la posmoderna

Como podemos comprobar teniendo en cuenta únicamente algunas de las teorías citadas y comentadas por Brioso Santos, resulta cuando menos innecesariamente reduccionista la opinión de Pérez Vega, según la cual el nombre del ingenioso hidalgo ha de proceder forzosamente de la lectura que Cervantes sin duda hizo del Asno de oro de Apuleyo en la versión castellana de López de Cortegana. Como a Brioso Santos, me parecen asimismo carentes de validez crítica los argumentos de dicha estudiosa: el término quijote es de uso común en los libros de caballerías que Cervantes parodia en el Quijote y es mucho más lógico y plausible pensar, en contra de lo que arguye Pérez Vega, que de ellos, y no de Apuleyo, ha de proceder el nombre del protagonista de la novela. Por lo que parece, Francisco López Estrada llegó a una conclusión semejante a la de Pérez Vega sin que entre ambos tuviese lugar contacto alguno, mas este crítico reviste su opinión de una mayor mesura y precaución al considerar este hecho como una mera coincidencia, evitando catalogar la traducción de López de Cortegana como segura fuente nominal quijotesca. Con objeto de ilustrar su argumentación, Pérez Vega trata de rastrear la aparición de la voz quijote en textos castellanos más o menos contemporáneos a Cervantes, incluyendo un extenso apéndice con diversos ejemplos, la mayoría de los cuales Brioso Santos rechaza enérgicamente, aseverando que “Cervantes pudo haber conocido poco más allá de dos o tres, pero que, si se quisieran utilizar como argumento, no valen para desacreditar como hecho el que sí pudo imitar el término de uso caballeresco cuyo origen debatimos” (69). Por su parte, el crítico, con ayuda del CORDE, ofrece dos textos que parecen mucho más plausibles como posibles fuentes del nombre de don Quijote en virtud de una mayor proximidad temporal entre su publicación y la composición de la novela cervantina. Se trata de la “Carta a un amigo, al cual se llama Galanio”, de Francisco de Aldana, cuya obra poética salió a la luz póstumamente en dos volúmenes en 1589 y 1591, y de la Mexicana, poema épico de Gabriel Lobo Lasso de la Vega, publicado entre 1588 y 1594, dos textos que acogen la voz quijote(s) y que pudieron ser conocidos y manejados por Cervantes. Así pues, Brioso Santos concluye que la inspiración onomástica para el bautizo de don Quijote pudo hallarse “por este orden, en los libros de poesía y épica de […] Aldana y Lobo Lasso; en libros caballerescos como el Tirante, el Lanzarote y el Belianís, que Pérez Vega recoge; incluso en manuales de ciencia militar que el CORDE señala; y en la traducción de López de Cortegana, en última instancia” (71). No procede, por supuesto, negar que Cervantes haya conocido e incluso leído la traducción de López de Cortegana del Asno de oro, pero desde luego, no conviene en modo alguno aceptar acríticamente una argumentación que, como la de Pérez Vega, dispensa con la constatación de los datos al alcance de su investigación y se obceca en dar como absolutamente ciertas suposiciones para las cuales no se aportan justificaciones verosímiles.

Ya en conclusión, cabe subrayar que el presente opúsculo de Brioso Santos va más allá de la simple refutación de la difícilmente sostenible teoría de Pérez Vega sobre la posible procedencia del nombre de don Quijote, punto de partida de este estudio. En términos mucho más amplios, El nombre de don Quijote puede ser calificada como una obra concebida en oposición a y denuncia de una tendencia crítica, la posmoderna, que, con escasas excepciones, ha de considerarse “un tejemaneje antihistórico, una colección de flagrantes anacronismos, un socorrido idealismo y todas las demás sombras chinescas de la posmodernidad” (77). Frente a tales prácticas (a)críticas, aquí ejemplificadas por el mencionado artículo de Pérez Vega, el profesor Brioso Santos nos propone un quehacer crítico basado en una atenta y responsable lectura de textos y paratextos, una consideración valorativa de lo escrito por otros estudiosos y un rechazo de lo inverosímil y falaz en favor de aquello que pueda ser probado y verificado o, cuando menos, sostenido mediante argumentos plausibles. El resultado es una crítica literaria rigurosa y sólida, algo particularmente deseable en el actual contexto que vivimos de adscripciones indiscriminadas e insípidas pero remuneradoras a las modas y bogas posmodernas, y por ello, además de por su integridad crítica y académica, este muy interesante trabajo de Brioso Santos se granjea nuestro aplauso y recomendación sin reservas.

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