El saber en el Renacimiento

Folke GERNERT, Javier GÓMEZ MONTERO y Florence SERRANO (eds.)
Del pensamiento al texto
Textualización del saber en el Renacimiento español

Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2013, 262 pp. / 49,00 €
ISBN 978-84-15175-61-2

Reseña de Juan Cerezo Soler
Universidad Autónoma de Madrid

En junio del año 2009 tuvo lugar en Kiel el simposio “Del pensamiento al texto: estrategias de reflexión y de textualización entre la Edad Media tardía y el Siglo de Oro”. Casi cuatro años después ve la luz el volumen aquí reseñado, un tomo en el que se recopilan buena parte de las ponencias entonces presentadas. Del pensamiento al texto. Textualización del saber en el Renacimiento español recoge, en total, nueve intervenciones bajo la atenta edición de Folke Gernert, Javier Gómez Montero y Florence Serrano. Sería difícil clasificar las ponencias del volumen, pues no pueden agruparse siguiendo criterios ni temáticos ni cronológicos, tal es la disparidad entre los estudios que lo conforman. No obstante esta disparidad, los editores han logrado mantener el espíritu que presidió las jornadas de 2009, a saber: el interés por la forma en la que el pensamiento de una época se trasvasa al texto escrito. De todo ello da buena cuenta la introducción de Javier Gómez Montero, en cuyas diez páginas, además, se da cumplida noticia de las actividades que llevan a cabo las distintas instituciones que tomaron parte alguna en el congreso.

Dos de los estudios que conforman el volumen toman como objeto de análisis la época pre-lopesca de producción dramática en la península. El primero de ellos, a cargo de Francisco Javier Burguillo, profundiza en el protagonismo que tenían los acontecimientos de carácter bélico en los distintos testimonios literarios, tal es el caso de “infinidad de poemas laudatorios, de largas composiciones épicas, de relatos de corte autobiográfico o cronístico y del teatro” (p. 25). Es sobre todo en este teatro donde se percibe la intensa presencia de lo que el estudioso da en llamar “cultura de la guerra” y que responde a la necesidad propagandística de mantener la tensión bélica en el imaginario de quienes vivían lejos de la frontera. Del análisis de la temprana Comedia del saco de Roma, de Juan de la Cueva, marcha a la comparación con dos “obras cimeras del género bélico, El asalto de Mastrique (1604) de Lope de Vega y El sitio de Breda (1632) de Calderón” (p. 28). El objetivo es demostrar que gran parte de los rasgos formales del teatro de signo bélico ya aparecen en los ensayos teatrales de la llamada generación de 1580. Estos rasgos esenciales son, según Burguillo: 1) uso de terminología militar, más intenso cuanto mayor sea el número de arengas y proclamas previas a un combate; 2) trompetas, cajas y otros instrumentos militares que adquieren una importante relevancia en el desarrollo de la trama; 3) evolución en la caracterización del soldado –ennoblecido en Juan de la Cueva y caricaturizado en los autores posteriores–; 4) la obra de teatro es vehículo de una lección histórica, casi siempre cargada de contenido ideológico. Este último rasgo acoge una corriente dramática concreta, la de las “farsas de guerras” en las que o bien se pone en escena un enfrentamiento del pasado o bien se dedica una jornada a una batalla o una ambientación militar; en sendos casos el historicismo es vertebral. En la misma tónica interviene Miguel García-Bermejo Giner, que también menciona la necesidad de propaganda bélica de la monarquía, dada la cantidad de frentes en los que mantenía una guerra abierta. Esta propaganda es atisbada como rasgo característico de la generación de dramaturgos antes mencionada, cuya nómina está conformada por siete autores, entre ellos, Miguel de Cervantes. A pesar de que la afinidad textual de estos siete escritores es aceptada por la mayor parte de la comunidad investigadora, al autor le parece pertinente analizar las conexiones que se dan entre el autor más anciano (Jerónimo Bermúdez, nacido en 1530) y el más joven (Gabriel Lobo Lasso de la Vega, nacido en 1555). Demuestra así la “afinidad [de estos escritores] con las bases ideológicas de la monarquía en la que desarrollan sus actividades y su autoconciencia de ser elementos útiles, en cuanto que son altavoces de principios políticos en los que se sustentaba el régimen, más o menos explícitamente” (pp. 103-104).

Otros dos estudios abordan la presencia literaria de los ambientes europeos más septentrionales. Javier Gómez Montero se encamina hacia la relevancia que tuvo el diálogo renacentista en el contexto de tensión entre el saber científico, empírico y racional por un lado; y el conocimiento imaginativo o maravilloso por otro. Aterriza su comentario en el Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, concretamente en los pasajes en los que se da mención de los pueblos del norte de Europa. En la descripción de un territorio tan lejano, por fuerza habrían de señalarse datos que, en el mejor de los casos, despertasen la extrañeza del lector. En ese sentido, el diálogo ofrece el molde perfecto, pues “permite cuestionar o refrendar, rechazar o cerciorar, y confirmar” (p. 154) todo aquello que no encaje en los esquemas del conocimiento tradicional. Más adelante Susanne Niemöller estudia el fenómeno de plasmación de la idea del norte en el lenguaje literario del Siglo de Oro. Su estudio gira en torno a los siguientes interrogantes: ¿existía un espacio físico real asociado al concepto del norte?, ¿cuál era exactamente ese concepto, es decir, cuál era su presencia en el imaginario español? y ¿tal realidad puede especificarse? Asienta que “Norte” responde tanto a una construcción social –a menudo adicionada con elementos imaginativos– como a un espacio geográfico concreto. No obstante esto, en el asentamiento de los límites de “lo norteño” habrá disparidad de opiniones, pues todos los enunciados se lanzan desde perspectivas diferentes, subjetivas, y muy marcadas por el contexto espacial y temporal. Covarrubias, Jerónimo Girava, Alonso de Santa Cruz, Plinio el Viejo, el ya comentado Torquemada o Juan Enríquez de Zúñiga son algunos de los nombres que desfilan por las páginas del estudio de Niemöller. En las conclusiones se constata el carácter abierto del concepto geográfico de “Norte”, si bien incide en las consonancias que presenta tal disparidad de opiniones, asentando que abarcaría tres continentes, y en total, hasta casi una treintena de países y regiones.

El resto de trabajos podrían considerarse independientes, pues no se pueden acoger a un epígrafe común. Víctor Andrés Ferretti, por ejemplo, estudia la polifonía cervantina de La Galatea. Partiendo de aspectos generales de la creación literaria, como la capacidad de “explicitar el hecho de ser materia fabricada” (p. 61), propone una penetración en el texto que supere la observación superficial, pues “ojear solo lo escrito, escuchar simplemente lo dicho, supone, por lo tanto, una percepción superficial de una textura versátil y enlazada” (p. 62). Folke Gernert, por su lado, indagará en el saber fisonómico y su plasmación en el texto escrito –concretamente, en la ficción caballeresca– a lo largo de veintisiete ejemplares páginas. Asienta la base conceptual de la fisonomía como la “correspondencia de la forma exterior (…) y la naturaleza interior o el carácter” (p. 127); recorre a continuación toda la tradición fisonómica desde el segundo milenio antes de Cristo en Mesopotamia hasta el siglo XVII. Señalado el contexto en que los estudios sobre fisonomía se encuentran, analiza la literatura de caballerías, demostrando que si bien el contenido fisonómico en estos textos se aleja del saber científico participando de formas folclóricas, hay varias caracterizaciones que se apoyan en manuales y tratados. Es el caso del Baldo, obra en la que, tal y como demuestra el crítico, no solo hay un respaldo científico del contenido fisonómico sino que llega a darse una paráfrasis del Epítoma rei militaris, concretamente de los pasajes en los que se aplica la ciencia fisonómica al arte militar. Carlos Heusch pone sobre la mesa la discusión sobre la nobleza, indagando en la relevancia que tuvo –por las afirmaciones que en ella se contienen– la publicación de La Celestina. El debate sobre si la nobleza habría de sostenerse en la virtud o en el ascendente genético es especialmente intenso a mediados del siglo XV en Castilla, con la intervención de autores como Juan Rodríguez del Padrón y Diego de Valera. Se suaviza el tono hasta 1485-1492, donde se vuelve sobre el tema con renovada fuerza a raíz de lo escrito por Fernán Mexía, y es en este contexto de nueva discusión cuando se publica la tragicomedia. Nota el estudioso que los nobles celestinescos aparecen totalmente desprovistos “de la virtud caballeresca que es, en términos bartolistas, lo que hace la nobleza” (p. 189).

Frank Nagel estudia la poesía laudatoria de Juan del Encina. Sitúa la actividad del dramaturgo zamorano justo en el salto de la Baja Edad Media hacia el período renacentista, con lo que se consolida como uno de los adalides de la apropiación de modelos grecolatinos, sobre todo en su poesía lírica. El comentario de Nagel se acota al uso de la écfrasis musical en sus versos encomiásticos, y analiza una buena cantidad de ellos, realizando un minucioso rastreo de los efectos acústicos con los que el poeta enriquece el contenido conceptual de su obra. Por último, cierra el volumen Florence Serrano con un estudio orientado a iluminar aspectos todavía oscuros en un texto poco atendido de Juan Rodríguez del Padrón, el Triunfo de las donas, así como de su traducción borgoñona. El crítico estudia cómo esta obra aparece completamente inmersa en el contexto del debate sobre la nobleza, ya estudiado por Heusch en unas pocas páginas atrás.

Sirva como comentario final que Del pensamiento al texto: textualización del saber en el Renacimiento español constituye una publicación de grandísima utilidad, así como de muy amena lectura. La revisión de los textos llevada a cabo por los editores es profunda y evita que el lector se encuentre con simples transcripciones de las ponencias expuestas en 2009; en este sentido, es un enorme acierto acompañar cada uno de los artículos con abundantes bibliografías y apéndices documentales. Los nueve trabajos parecen inconexos, pues tratan obras, autores y épocas sin ninguna relación aparente; y decimos aparente porque no ha de olvidarse que el hilo conductor de todo el libro –así como el simposio precedente– es la capacidad que ha tenido el ser humano de trasladar su pensamiento al texto literario, según sea su época, condición y habilidad. Por esto, tanto el tomo en su conjunto como en las dispares aportaciones que lo conforman, ha de ser considerado como una aportación de gran valor al conocimiento del período renacentista español.

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