Historia estúpida de la literatura

Enrique GALLUD JARDIEL
Historia estúpida de la literatura,
Sevilla, Espuela de Plata, Colección «Los Humoristas»,
2014, 213 pp.
ISBN 978-84-151-779-9-9

 

María del Pilar COUCEIRO
Universidad Complutense de Madrid

En épocas convulsas desde tantos frentes, la vía de la comicidad, de la parodia cómplice siempre está aguardando a la vuelta de la esquina, a la espera de ese guiño compinche y recíproco entre autor y lector.

En España, y desde la vía literaria, se han producido secularmente manifestaciones de esta tradición paródica desde el mismísimo inicio de nuestras letras. Sin remontarse a milenios, bastaría con echar un vistazo a nuestros renacentistas y barrocos ―es decir, el clasicismo literario en todo su esplendor―, para ver multiplicados los ejemplos desde la creación o re-creación de una primera redacción ilustre, caso de Laberinto de Fortuna de Mena, parafraseado por una firma anónima en La carajicomedia, a principios del siglo XVI; pasando por el tratamiento iconoclasta de figuras míticas, políticas o religiosas desde el comentario zumbón, o cayendo decididamente en la escatología, la pornografía y la irreverencia como motivos principales de un texto, firmado en numerosas ocasiones por nombres ilustres del canon literario.

De manera que cuando las primeras décadas del siglo XX ofrecen a la literatura española, sobre todo por la vía teatral, un arco de autores especialistas en esas rutas paródicas, se está recogiendo un arco fenomenológico que hunde sus raíces en una tradición bien asentada. Desde los hermanos Quintero, pasando por Arniches, Pérez Fernández o Muñoz Seca, para desembocar en un nombre de primera línea, como es el de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), al que se conoce sobre todo en su faceta de dramaturgo, pero que practicó también el género narrativo y ensayístico. La referencia a este magnífico representante de las letras españolas de mediados del siglo pasado viene dada por la ascendencia del autor de este libro que hoy comento, y que a estas alturas el lector sagaz ya habrá identificado como descendiente directo del escritor madrileño, concretamente su nieto, Enrique Gallud Jardiel, Doctor en Filología Hispánica, profesor en universidades de España y del extranjero y que tiene en su haber más de una treintena de ensayos, pero también es director de compañías de teatro y autor de obras que, estilísticamente, se mueven en el mundo del humorismo.

La Historia estúpida de la literatura recoge, pues, toda una tradición paródica, destinada en este caso al comentario jocundo acerca de un hipotético Libro de Texto cuyos contenidos aparecerían en alguno de los sucesivos -y tantas veces desatentados- planes de estudio de Secundaria. El autor ya lo señala de manera muy expresiva en la contraportada del libro:

Esta Historia estúpida de la literatura que tienes en tus manos, ¡oh, lector!, no es en absoluto más estúpida que otras muchas muy reputadas que hay por ahí. Lo que sí pretende ser es bastante más divertida (Contraportada)

El humorismo, cuyo mensaje, a pesar de la tradición ininterrumpida, no siempre es bien entendido en sociedades como la española, muy proclive a “dedos huéspedes”, posee, entre otras condiciones, la de ser un fantástico recurso memorizador, de manera que un episodio veraz pero aburrido tarda en retenerse, mientras que ese mismo episodio, vestido con los ropajes de la hilaridad, nunca se olvida. Así que el lector de esta Estúpida Historia se verá tal vez remontado a épocas escolares, independientemente de que las recuerde con cariño o con inquina. En ambos casos, la complicidad está garantizada y la retentiva del dato también.

El libro está dividido en cuatro grandes apartados que responden a los epígrafes: 1- Crítica literaria: lo que más necesita el mundo; 2- Antología de escritos recién encontrados; 3- Literatura explicada para que no haya que leerla y 4- Taller de escritura “Hágalo usted mismo”.

En el primer apartado, dividido en 22 secciones, se encuentran motivos como “El tema del ventilador en la poesía española”, “Entienda a Góngora en quince días” o “Qué nos enseñan las Zarzuelas”, todos con ejemplos pertinentes. En el caso del ventilador, que según el autor puede rastrearse desde el Poema del Çid, Gallud Jardiel rescata este ejemplo (o einxemplo) desde la Cuaderna via:

Era un sabio de fixo e muy grande senyor
quien fue deste artefacto el primero inventor.
Non ha mexor remedio para evitar calor
que aquest ventiladero o aquest ventilador. (p. 9)

Para entender a Góngora, el autor ofrece tres posibles vías, a saber:

Versión 1: La original, de la pluma del «Cisne del Bétis».
Versión 2: Una versión mejorada para supercultos eruditólogos.
Versión 3: Simplificación actualizada, para que la entiendan con facilidad
todos los hispanohablantes, desde Getafe a Valparaíso. (p. 37)

Y en el caso de la Zarzuela, se condensa el argumento de una serie de ellas en muy pocas líneas suficientemente expresivas:

Los gavilanes: Un indiano que se ha forrado vuelve a su pueblo natal y todos quieren sacarle los cuartos. Él, por su parte, quiere beneficiarse a las chicas jóvenes del lugar. El hombre y sus paisanos son tal para cual: gentuza. El tenor acaba venciendo al barítono, como es tradición obligada en el mundo de la zarzuela. (pp. 53-54)

En la Antología de escritos recién encontrados, Gallud Jardiel parafrasea una serie de obras y argumentos que ―en hipótesis― pertenecerían a la pluma que ya los había tratado literariamente, como al remedar algunos Sonetos de Garcilaso, ejemplificados en estos dos tercetos:

A UNA AGRESIVA DIOSA QUE RESPONDE A LOS
REQUERIMIENTOS DE AMOR CON DESDENES Y TROMPAZOS

 […]
 El placer de sentir sobre mi frente
los golpes que me dan manos tan bellas
tanto me embriaga como cien botellas.
 Ya sabes que te adoro intensamente;
mas como de tu trono no te bajes
yo no voy a ganar para vendajes. (p. 103)

O al remitir a algunas Greguerías inéditas de Ramón Gómez de la Serna: “El gofre es una napolitana atropellada por un auto con los neumáticos nuevos” (p. 119).

En la tercera parte, Literatura explicada para que no haya que leerla, y valiéndose del recurso del Romance, el autor condensa argumentos cuyo desarrollo se prolonga a lo largo de decenas de páginas en los originales. Claro que puede ser muy respetuoso a la hora de “destripar” desenlaces, como en el caso de La Ilíada, ya que interrumpe el discurso en un momento dado para apostillar: “Quien quiera saber cómo acabó la cosa, que lea La Ilíada. Son sólo 8,654 versos, divididos en 24 cantos. ¡Animo!” (p. 141)

La cuarta parte, Taller de de escritura: «hágalo usted mismo», arranca con una sugerencia dedicada a los posibles nuevos creadores que tengan problemas de inspiración:

Para todos aquellos que quieran escribir y no sepan qué, enseñamos aquí el resultón procedimiento creativo de la desmitificación, fácilmente efectuado mediante el sencillo sistema de poner las cosas patas abajo. (p. 189)

Recorre el autor una serie de obras, invirtiendo argumentos, desde La Ilíada hasta Fuenteovejuna. Y tampoco desdeña obras no españolas, como en este ejemplo de Los tres mosqueteros:

Resulta que la reina de Francia es fiel a su marido y no le gustan los ingleses, porque tiene muchas deudas. Richelieu, por su parte, rige el reino con total honestidad, porque es un hombre muy santo. Los tres mosqueteros y D’Artagnan no tienen nada que hacer y se dedican a tomar la sopa boba y a vivir del Estado, como funcionarios que son. (p. 191)

Dentro de este apartado, también se le dedica un capítulo a la espinosa tarea de cómo NO se debe comenzar un libro, explicando en varias subsecciones las causas para ello. Tras una serie de posibles inicios, éste es suficientemente expresivo:

Inicio pedantiplúmbeo
En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…
(No empieces ningún libro así, por dos razones: 1) Los de la Sociedad Cervantina se enfadan, me consta; y 2) La gente no leerá tampoco tu libro, al igual que no leen el original. (p. 195)

En definitiva, un libro que combina erudición con amenidad; hábilmente dispuesto; regocijadamente divertido, de la pluma de este nieto de aquél otro gran paródico. Pienso que aquí se puede aplicar, con toda justicia, y a pesar del tópico, aquello que dice “De casta le viene al galgo”.

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