Jaime Siles y los signos de la poesía

Ángel DÍAZ ARENAS
→ “Más allá de los signos”: homenaje a Jaime Siles.
Claves de aproximación a la vida y obra del poeta,
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2014, 184 pp.
ISBN 978-84-15175-99-5

Antón GARCÍA-FERNÁNDEZ
The University of Tennessee at Martin, USA

En el volumen que nos ocupa, el profesor Ángel Díaz Arenas, docente de reconocido prestigio cuya actividad se ha desarrollado particularmente en el ámbito universitario germano y autor de una obra crítica notable y de indiscutible calidad, nos ofrece uno de los acercamientos a la vida y a la obra literaria del poeta valenciano Jaime Siles más completos y detallados que se han publicado hasta la fecha. Como deja entrever ya el propio título del libro, se trata de un homenaje al quehacer poético de Siles que nace de la admiración que el crítico siente hacia la obra del poeta, así como de la longeva amistad que une a ambos. Pero, como Jesús G. Maestro señala en el prólogo, no es este homenaje una mera hagiografía desprovista de significado, sino que el trabajo de Díaz Arenas debe ser alabado por el rigor científico de una lectura enraizada en la semiología y basada en los criterios objetivos del formalismo y del biografismo, que aquí se complementan mutuamente a la perfección.

El propio Maestro ensaya sucintamente en su prólogo un análisis de los Himnos tardíos (1999) de Siles desde los presupuestos teóricos del materialismo filosófico que pone de relieve las concomitancias de esta obra del valenciano con la de poetas procedentes de la tradición alemana como Rainer Maria Rilke, así como el racionalismo reconstructivista que hace de sus Himnos un texto canónico de lo que considera el “neoexistencialismo formalista de la poesía española” (19) de los siglos XX y XXI. Resulta este prólogo un interesante aperitivo para el estudio de Díaz Arenas, quien, tras un breve repaso de la trayectoria vital de Siles, una enumeración de sus obras divididas en dos grandes grupos (por un lado, la obra ensayística y científica; por otro, la obra artística y creativa) y una mención de los varios galardones que han condecorado la producción literaria de Siles, pasará a concentrarse en un análisis de todos sus poemarios, dispuestos en estricto orden cronológico. A pesar de su afirmación inicial según la cual su intención estriba en ofrecer “unas coordenadas poéticas que poseen más de guías, pistas, sugerencias e invitaciones que de conclusiones definitivas” (55), Díaz Arenas articula un estudio textual riguroso que se distingue por su atención al detalle y por su profundidad, y que está enriquecido no sólo por paratextos ensayísticos y periodísticos, sino incluso por cartas y correos electrónicos personales que le fueron remitidos por el propio Siles a lo largo de los años. Además, los tintes semiológicos de su análisis constituyen una perspectiva crítica verdaderamente acertada a la hora de evaluar la obra de un poeta que, como Siles, ha demostrado siempre un agudo interés por el lenguaje y por su interrelación con la realidad, así como por el propio acto de la escritura y la creación poética.

Al ensayar una visión global y totalizadora de los poemarios de Siles publicados entre 1982 y 2011, Díaz Arenas reconoce cuatro etapas diferenciadas pero siempre relacionadas en su producción poética. La primera de éstas es la que el crítico denomina su etapa metafísica (59), que engloba los textos aparecidos en la antología Poesía 1969-1980 (1982) y en el poemario Música de agua (1983), composiciones celebradas en el número especial que la revista Litoral dedicaría a Siles en 1986, reconociéndolo ya como uno de los poetas contemporáneos de mayor prestigio. Por estos años, el valenciano se hallaba encuadrado dentro del grupo de los novísimos, si bien se distinguió siempre entre éstos por un fuerte anhelo de renovación, por su marcado interés en los signos lingüísticos y por su constante preocupación por el papel del lenguaje en el acto de creación poética. Conviene aquí ya prestar atención a la siguiente cita de la “Poética” que Siles escribió en 1974 y que Díaz Arenas inserta en más de una ocasión en su estudio:

Poetizar es un acto de Realidad y de lenguaje: transformar los nombres hasta el sustrato primigenio, indagar tras el concepto originario, pulsar el Ser desde lo uno hasta lo múltiple, devolver la realidad a la Realidad. (66 y 101)

En este “devolver la realidad a la Realidad” se encierra la preocupación de Siles por la interacción entre lenguaje y realidad, por lo que pueda existir bajo el lenguaje, y se deja entrever la reflexividad lúdica que Siles pone en práctica a propósito de la obra de arte en muchas de las composiciones incluidas en Música de agua, que dramatizan la oposición heideggeriana entre el Sein y el Nicht-Sein y buscan ensayar una definición tanto de lo que el poema es como de lo que no es. Como podemos observar a lo largo del estudio de Díaz Arenas, la obra poética de Jaime Siles se revela una y otra vez, y ya desde esta primera etapa, como una obra ostensiblemente metapoética que, como el estudioso observa, a menudo “está fuertemente anclada en la lingüística” (66).

La segunda etapa que Díaz Arenas reconoce en el poetizar de Siles es la compuesta por los volúmenes Colvmnae, Poemas al revés y El Gliptodonte (todos ellos, sin duda no por casualidad, aparecidos en 1987), y se trata de un período de transición en el que tiene lugar “un reposo, un balance, una profunda meditación y reflexión y su función principal tiene como meta NO olvidar el arte de poetizar” (79). Seguimos, por tanto, encuadrados en una literatura de carácter reconstructivista que gira en torno al lenguaje, pero ahora la forma del poema remite con mayor claridad a un referente real, y como en el soneto “Propileo” del poemario Colvmnae, Siles juega con una forma poética clásica a la que infunde contenidos innovadores y vanguardistas. Este segundo período nos muestra a un Siles a la búsqueda de nuevos caminos que acabarán dando paso a una tercera etapa que eclosiona en el poemario Semáforos, semáforos (1990) y que Díaz Arenas etiqueta como una “nueva tendencia expresadora de la modernidad” (92). Si bien Siles sigue manteniendo una relación intensa con los aspectos formales del arte de poetizar, el poeta establece ahora una mayor interacción lúdica con el lector, y así, en Semáforos se percibe un cambio drástico que se objetiva, como acertadamente subraya el crítico, en un esfuerzo por “expresa[r] la cotidianeidad (lo visual, lo fugaz, lo sensorial, etc.)” (87). Así pues, continúan los experimentos formales y la fijación con el lenguaje —como, por ejemplo, en “Mayo del 68”, un soneto de metro heptasílabo—, pero en este libro emerge con más fuerza que anteriormente la figura de un lector a quien se “anima, motiva y estimula a contar una anécdota…, se le invita a ser él mismo creador y coautor” (95), y en este sentido, nos encontramos ante una ruptura indudable dentro del quehacer poético de Siles.

Tras comentar de manera sucinta las antologías Poesía 1969-1990 (1992) y Diecisiete poemas (1993) —la segunda de las cuales, muy breve, estuvo a cargo del propio Siles y funciona como resumen condensador de su actividad poética hasta ese punto—, Díaz Arenas pasa a ocuparse de Himnos tardíos (1999), una de las obras magnas del poeta valenciano, en la que el estudioso descubre una cuarta etapa poética bien diferenciada. En ella, junto a los juegos lingüísticos, la atención a la figura del lector y la reflexión sobre el proceso creativo, vemos a un Siles que reflexiona también sobre el propio discurrir de su vida, sobre su biografía, mostrando así una cara que, según Díaz Arenas, es “no la halagüeña, risueña y jovial, sino la cansada, desilusionada, entristecida y existencial” (105). Estos Himnos, en efecto, suponen la plasmación de ese neoexistencialismo formalista silesiano y se convierten en vehículo mediante el cual el poeta participa de esa tradición poética que equipara la estación otoñal con la madurez del ser humano, construyendo una poesía contemplativa que reflexiona hondamente sobre el paso del tiempo y el camino inexorable hacia la vejez. Como nos recuerda Díaz Arenas, fue éste un poemario unánimemente elogiado por la crítica y conforma “probablemente su obra suma y balance último de su crecer y crear” (112).

Con posterioridad a este punto álgido de su trayectoria poética, Jaime Siles ha continuado publicando libros: a saber, las dos compilaciones Antología poética (2007), al cuidado de la profesora Rosa Navarro Durán, una de las mayores especialistas en la obra de Siles, y Cenotafio (2011); y los tres poemarios originales Pasos en la nieve (2004), Actos de habla (2009) y Horas extra (2011). A todos ellos se enfrenta críticamente Díaz Arenas en la parte final de su estudio, pero sin atribuirles ya nuevas etapas en la evolución poética de Siles. Esto es así tal vez porque, a su juicio, no representan ruptura alguna con lo precedente y vuelven constantemente sobre temas ya tratados en Himnos y otras colecciones anteriores. De hecho, el crítico se refiere a Pasos en la nieve, por ejemplo, en términos de un “cajón de sastre de poemas escritos en el pasado y aunados en él” (118), una descripción propicia si tenemos en cuenta que el volumen reúne reflexiones sobre el paso del tiempo, haikus, composiciones de inspiración china y poemas de viajes, entre otros tipos de textos. El detalle y la seriedad científica que caracterizan a todo el estudio de Díaz Arenas se intensifican aquí por momentos, particularmente cuando desciende a nivel fónico para desentrañar el significado escondido en las aliteraciones de poemas como “Color en fuga”, “Pinares de Guadarrama” o “Volver” (125). Se trata, observa el estudioso, de “un ejercicio poético, sin duda alguna” (128), un poemario en el que se escuchan ecos de obras pasadas, en el que Siles echa una mirada atrás y reactualiza así ideas ya poetizadas y territorios ya anteriormente explorados. Algo semejante ocurrirá, asimismo, en Actos de habla, libro que Siles compuso parcialmente en Florencia y que recoge once poemas que “representan casi las etapas de una vida” (136), desde el nacimiento hasta la muerte. Nos hallamos aquí, de nuevo, ante un poetizar de indudable acento autobiográfico que se objetiva en un poemario de “madurez y cierta senectud” en el que “se canta el paso del tiempo, sobre todo del tiempo ya pasado e irreversible y expresa y traduce las inquietudes de un ser que ha alcanzado una cierta edad” (146-7). Es, en suma, una colección poética caracterizada por la reflexión y la tranquilidad, con reminiscencias ocasionales quizá de esa “emotion recollected in tranquility” que William Wordsworth describía en el prefacio de las Lyrical Ballads, y con composiciones que, como “El jugador de póker”, llegan a dramatizar una confrontación entre el yo presente y el yo pretérito del poeta.

Díaz Arenas no se detiene especialmente en Horas extra, el último libro de Siles hasta la fecha, pero sí cita un correo electrónico personal que recientemente le cursó el poeta y en el que apunta que el poemario se fue gestando a lo largo de los años posteriores al accidente de tráfico que sufrió en diciembre de 1997: “El tiempo por vivir que nos ha sido dado después de aquello lo hemos considerado tanto mi familia como yo un regalo: a ello alude el título Horas extra” (156). Y tras esto, bajo los epígrafes de “Balance de una vida” y de “Despedida”, Díaz Arenas se entrega a un exhaustivo comentario del poema “Variación barroca sobre un tema de Lucrecio”, dos sonetos encadenados incluidos en Semáforos, semáforos, un texto que el crítico considera “aglomerador, sintetizador y condensador de todo lo escrito por el poeta hasta la actualidad” (157), o como dice un poco más adelante, una “suma final” (160) de la obra de Siles. Ello es así porque este poema condensa, además de la fijación de Siles por el lenguaje y el rol de los signos en el proceso creativo, una serie de reflexiones en torno al pasado y a la propia biografía del poeta en las que ya prácticamente no escuchamos ecos, siquiera distantes, de la primera etapa novísima del valenciano. Sirve este detallado análisis como coda y colofón finales para un libro que debemos aplaudir sin reservas por su seriedad y rigor científico, así como por su perfecta conjunción de formalismo y biografismo al acercarse a los diversos textos de Siles, que cobran nueva vida al ser sometidos a la radiografía crítica del profesor Díaz Arenas. Como ya se señala en el prólogo, pues, nos hallamos ante una de las monografías más completas, detalladas, acertadas y de más necesaria lectura que la obra poética de Jaime Siles ha suscitado hasta el momento.

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