Jesús G. Maestro contra las musas de la ira

Jesús G. Maestro contra las musas de la ira

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© Ramón Rubinat

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A Jesús G. Maestro le sucede lo mismo que a Gustavo Bueno: muchos de sus detractores no lo leen. En lugar de atenerse a lo obvio –para criticar a un individuo es preciso leer lo que este ha escrito–, prefieren acogerse a aquello que ellos presumen que Maestro sostiene –buscan la excusa o el parapeto psicológico– y se enfrentan a lo fantasmagórico con un ardor y una efectividad que resultan tan ridículos como ridículo es el mentido combate y la idiota victoria, pues, de hecho, no consiguen más que derrotar a la fabulación que ellos mismos han construido. El problema es que a Maestro y a Bueno no solo hay que leerlos, sino que, si queremos llegar a comprender bien su sistema, también hay que estudiarlos. Y en este punto es cuando hay que considerar tres características de no pocos filólogos, teóricos de la literatura y literatos en general: la pereza (de aquellos que, anestesiados por un sueldo vitalicio, han perdido la curiosidad por su campo de trabajo y se dedican al diseño y perfección de estrategias para lograr que nada estorbe su ataraxia), el cinismo (de quienes, reconociendo la condición científica y la capacidad crítica del Materialismo Filosófico, siguen acudiendo a teorías falaces) y la necedad (de quienes ignoran que ignoran aquello que deberían saber). El comportamiento que debería constituir una norma incuestionable –nos referimos a la obligación de estudiar a nuestros contemporáneos y, concretamente, a aquellos que se dedican a operar con los mismos materiales que nosotros trabajamos– no es, en el campo de la Literatura, lo habitual. Y, por ello, insisto, las únicas explicaciones que encuentro para explicar esta dejadez son: la pereza (Maestro ha desarrollado su Teoría de la Literatura en ocho volúmenes cuya lectura puede abrumar a los perezosos), el cinismo (de quienes se aferran a lo que saben, aunque lo saben obsoleto) y la necedad (de aquellos investigadores y literatos que son incapaces de atisbar de qué estamos hablando). Todos ellos, pero también sus antagonistas, es decir, los lectores que tengan curiosidad por conocer la teoría construida por Jesús G. Maestro y aquellos que estén familiarizados con la filosofía de Gustavo Bueno y quieran conocer los postulados literarios del Materialismo filosófico, encontrarán, en la obra que reseñamos –Contra las Musas de la Ira. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura–, un gratificante auxilio, pues se trata de un libro que compendia e ilustra el saber contenido en los volúmenes de la serie Crítica de la Razón Literaria, en los que Maestro ha desarrollado esta nueva Teoría de la Literatura.

Uno de los principales atractivos de este libro es que se enfrenta a todas las teorías literarias que, mediante el establecimiento de operaciones espurias, producen un conocimiento fraudulento, un conocimiento que se basa en el irracionalismo y el idealismo. Dicho de otro modo: la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico que Maestro expone en el libro que reseñamos es una construcción de naturaleza racionalista, científica, crítica y dialéctica; no es un ejercicio retórico o doxográfico, sino que está plenamente implantada en el presente, pues su finalidad es lograr el conocimiento científico de los materiales literarios. Y, precisamente por ello, por su condición no exenta, Maestro se dirige contra aquellas teorías que niegan o segregan alguno de los materiales fundamentales que constituyen el campo categorial de la Teoría de la Literatura (autor, obra, lector e intérprete o transductor), o bien se limitan a tratarlos no como lo que son –realidades materiales con las que es posible operar–, sino como hechos de conciencia, ocurrencias que estos teóricos, o bien no justifican normativamente, o lo hacen mediante argumentos falaces, es decir, mediante sofismas.

No se puede pensar sin sistema, quien así actúa se ve obligado, forzosamente, a la improvisación, a recurrir constantemente a la subjetividad para explicarse los fenómenos que es incapaz de conocer científicamente. El problema para quien procede de este modo es que sus ideas solo se conectan formalmente. Cuando tomamos los contenidos lógicos (M3) y los tratamos psicológicamente (M2), nos convertimos en pequeños dioses, en individuos todopoderosos capaces de ordenar y explicar todos los fenómenos de la realidad. Lo que jamás podremos hacer es respetar la symploké (relación) que vincula los tres géneros de materialidad de la ontología especial, puesto que, al actuar de este modo, los contenidos lógicos (M3) carecen de referentes materiales (M1). El autor literario, el crítico o el teórico de la literatura que así proceda, podrá sentirse plenamente realizado pero en ningún momento podrá afirmar que ha construido un conocimiento nuevo sobre ninguna materia. Los grafemas de la palabra /a-l-i-m-e-n-t-a-c-i-ó-n/ nunca le han quitado el hambre a nadie, de igual modo que la asunción de responsabilidades que pregonan tantos políticos corruptos o incapaces nada significa si no va seguida de una acción punitiva efectiva. Sucede con estos políticos lo mismo que con un gran número de teóricos de la literatura: la asunción de responsabilidades solo se materializa en M2, en su psicología, de modo que no se opera ningún cambio efectivo. Así como el político corrupto o incapaz sigue perpetrando sus desmanes, los teóricos de la literatura siguen evacuando sus /a-l-i-m-e-n-t-o-s/ incapaces y corruptos, sus patrañas, que no tienen más finalidad que saciar su voracidad crematística o lúdica y satisfacer, también, las apetencias de su gremio dialogista.

La pervivencia, expansión y enraizamiento definitivo de estos individuos en las instituciones educativas y, especial y vergonzosamente, en la educación superior, son muestra de la depauperada y desnortada condición de nuestra universidad actual y confirman el triunfo de Babel (que Maestro define como «el lugar en el que escriben y residen los que no quieren, no pueden o no saben razonar»). Jesús G. Maestro escribe contra esta miseria, Contra las musas de la ira (contra los mitos fundamentales de la posmodernidad –el irracionalismo y el idealismo–) y así lo reconoce, de forma explícita, cuando afirma que este libro «es una reacción contra el irracionalismo y la ausencia de criterios científicos que dominan el campo de la Teoría de la Literatura». Y, efectivamente, esto es lo que nos encontramos. El lector advertirá que la «reacción» a la que alude Maestro consiste en la exposición de una nueva Teoría de la Literatura, basada en los principios generales de una gnoseología materialista (organizada desde la oposición materia/forma), capaz de procurar al lector una instrucción científica y crítica (un saber organizado sistemáticamente mediante conceptos categoriales) que le capacite, no solo para superar la agotada retórica posmoderna, sino para enfrentarse competentemente a los materiales literarios (que conforman su campo de investigación).

Maestro se distancia, como decíamos, de las teorías exentas de enjuiciamiento del presente a la hora de interpretar la literatura (Filología e Historicismo entendidos como saberes arqueológicos) y se distancia de la crítica impresionista o mundana (que no puede proporcionarnos ningún saber científico), así como de toda interpretación ideológica («las teorías literarias posmodernas son manuales de sofística en formato teológico»). Contra todas ellas, Maestro construye una teoría basada en cinco postulados fundamentales: racionalismo (porque la razón «es aquella facultad constituyente de criterios capaces de construir, comunicar e interpretar una realidad compartida, por supuesto socialmente, y siempre de forma sistemática, causal y lógica»), crítica («clasificación, valoración y análisis sobre el que construir una interpretación científica y dialéctica de los materiales literarios), dialéctica («proceso de codeterminación del significado de una idea [A] en su confrontación con otra idea antitética [B], pero dado siempre a través de una idea correlativa a ambas [C], la cual codetermina, es decir, organiza y permite interpretar, por supuesto en symploké, el significado de tales ideas relacionadas entre sí de forma racional y lógica y, en consecuencia, crítica y dialéctica»), ciencia («análisis conceptual y categorial de los materiales literarios, los cuales delimitan su campo de investigación y constituyen su objeto de conocimiento») y symploké (principio formulado por Platón en el Sofista, fundamental para la filosofía materialista, que establece que: «Si todo estuviera conectado con todo, o si nada estuviera conectado con nada, el conocimiento sería imposible», de modo que, a partir de este principio, el Materialismo rechaza de plano las ontologías univocistas y equivocistas).

Maestro se enfrenta a los saberes doxográficos, a los discursos ideológicos y a las teorías literarias subordinadas a una moral, y este desigual enfrentamiento cautiva al lector, precisamente, por la desigualdad que se da entre el conocimiento sofista, basado en mitologías irracionales o acríticas, y la razón, instructora del saber crítico (ciencia y filosofía), que Maestro esgrime contra él. Cabe entender la desigualdad a la que aludimos desde dos puntos de vista: en primer lugar, el que tiene que ver con el número de contendientes, ya que Maestro se enfrenta a la mayoría de teóricos de la literatura; no hay, por tanto, igualdad de efectivos, sino todo lo contrario, una absoluta desproporción; y, en segundo lugar, el que tiene que ver con el resultado de la contienda, pues el conocimiento científico de los materiales literarios fundamenta la filosofía crítica con la que Maestro tritura la retórica tras la que se parapetan todos estos impostores, de manera que sus falacias apenas presentan una mínima resistencia.

Así como no hay crítica sin teoría, no podemos construir ideas si carecemos de conceptos; cuando esto sucede, cuando alguien pretende realizar esta magia, en realidad no está haciendo más que «manipular formas sin contenido, ideas a las que no corresponde ningún material», es decir, se ve obligado a tratar psicológicamente el contenido del signo lingüístico, a negarle toda referencialidad material, a violentar la symploké entre los tres géneros de materialidad. Cuando esto lo hace el sofista que se dedica a la Teoría de la Literatura, cuando el impostor acude a su psicología para explicar lo que ignora, el resultado es el engaño al que nos hemos referido; cuando esto lo hace el político, cuando el político parte de M2 para ordenar la realidad (M1), esta violenta operación suele tener unas consecuencias pragmáticas terribles. En el campo de la Literatura no hay hornos crematorios, ni fríos siberianos, de modo que las operaciones de los sofistas y las consecuencias del ejercicio de su poder no resultan escandalosamente percibidas por la sociedad. Lo cual no significa que no haya daño. Sí lo hay. Y muchos de quienes lo causan están contractualmente protegidos para seguir con lo suyo. Luego nada indica que vayan a producirse grandes cambios. A pesar de lo cual, no todo es claudicación. Y el libro que reseñamos es una poderosa muestra de ello. Maestro pone al descubierto la escandalosa precariedad de un gran número de teorías literarias y, a la vez, nos presenta los puntos cruciales de una Teoría de la Literatura absolutamente capaz de elevar el ejercicio de esta ciencia muy por encima de tanta mediocridad. La fortaleza de su teoría se basa en la potencia del Materialismo Filosófico y la Teoría del Cierre Categorial, la filosofía y la Teoría de la Ciencia construidas por el profesor Gustavo Bueno. El saber filosófico y científico de Maestro procede directamente de estas fuentes, se despliega, como decíamos, en la serie Critica de la Razón Literaria y se condensa en Contra las musas de la ira, obra en la que Maestro desarrolla los postulados fundamentales que acabamos de analizar, nos ofrece una definición de Literatura y una interpretación crítica de la Genealogía, Ontología, Gnoseología y Genología de la Literatura, así como un concepto de ficción y una aproximación a la idea, concepto y método de Literatura Comparada.

A continuación reproducimos la definición de Literatura que objetiva el autor y la glosamos brevemente para referirnos a la Genealogía, la Ontología y la Gnoseología de la Literatura, así como al concepto de ficción. Maestro define literatura como «una construcción humana y racional que se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico, que utiliza signos del sistema lingüístico a los que confiere un valor estético y otorga un estatuto de ficción y que se desarrolla a través de un proceso comunicativo de dimensiones históricas, geográficas y políticas, cuyas figuras fundamentales son el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor».

La referencia a la «construcción humana» y al hecho de que la Literatura «se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico» nos ubica en el ámbito de la antropología y, más concretamente, en los tres ejes del Espacio Antropológico: el eje circular (de los seres humanos), el eje radial (de la naturaleza) y el eje angular (de lo religioso). La Literatura tiene su núcleo en el eje angular, en culturas cuyos saberes se basan en el mito, la magia, la religión y la técnica, y se desarrolla a partir de la expansión radial de los materiales literarios, mediante soportes cada vez más desarrollados, hasta alcanzar su máxima dimensión en el eje circular, el espacio en el que los seres humanos operan con estos materiales. Respecto al origen, Maestro sitúa el nacimiento de la Literatura en el momento en que irrumpe la razón en el mundo griego clásico, entonces, cuando la Literatura se alía con los saberes científicos y filosóficos, el mito, la magia y la religión pierden operatoriedad y devienen ficciones. Cuando el rapsoda identifica a los dioses como ficciones, la plegaria da paso al poema, cuando «la razón humana, a través del logos literario, disocia al numen del mundo operatorio, retira al mito su capacidad de intervención en un mundo que, desde ahora, será intervenido por las ciencias y la filosofía […] la Literatura pone a los dioses en su sitio: y su sitio es, ahora y para siempre, la ficción, es decir, la realidad no operatoria».

La Genealogía de la Literatura construida por Maestro constituye una original y lúcida reivindicación de la capital importancia que ha tenido el ejercicio de la razón antropológica objetivada en las obras literarias en la lucha contra el irracionalismo numinoso y mitológico y contra los imperativos idealistas de la razón teológica. De la vinculación entre Historia literaria e Historia del racionalismo surgen distintos tipos y modos de conocimiento que dan lugar a los cuatro linajes o progenies de esta Genealogía. El primer linaje es el de la Literatura Primitiva o Dogmática, propia de culturas que, como las que acabamos de referir, viven de espaldas a la razón y se sirven de modos y tipos de conocimiento irracionales y acríticos, es decir, basados en el mito, la magia, la religión y la técnica. Maestro ejemplifica este tipo de literatura destacando el irracionalismo de textos como la Biblia, el Corán o la Teogonía de Hesíodo, obras que interpretan el mundo desde una Metafísica y, por tanto, exigen interpretaciones dogmáticas. Contra estos saberes, y en total alianza con la razón antropológica, aparece el segundo linaje de esta Genealogía: la Literatura Crítica e Indicativa, aquella que desarrolla tipos y modos de conocimiento racionales y críticos que se basan en la Desmitificación, el Racionalismo, la Filosofía y la Ciencia. El punto de partida de esta Literatura es el mundo interpretado por la razón y categorizado por las ciencias y, por ello, Maestro sitúa su nacimiento con la Ilíada y la Odisea, pues en estas obras se codifica la Idea de Literatura que, desde Europa, se exportará al resto del mundo y en ella se objetiva, también, la Idea de Razón Literaria. Como caso singularmente representativo de esta Literatura, Maestro reivindica la figura de Cervantes y, concretamente, la función desacralizadora y la secularización de todo dogma que se produce en las Novelas Ejemplares. Situados en nuestro tiempo presente, el autor advierte que la Literatura Indicativa apunta a la desmitificación de la mentalidad posmoderna, del «discurso de los utopistas, de los sofistas y de cuantos nescientes hablan y escriben de espaldas al conocimiento científico de aquello a lo que se refieren, al reemplazar los contenidos de la ciencia por la seducción verbal o emocional del mito, la ideología, la fe, la religión, el animismo, el sobrenaturalismo, la numinosidad…»

El tercer linaje es el de la Literatura Programática o Imperativa, aquella que se sirve de tipos de conocimiento racional y modos de conocimiento acrítico, es decir, la que despliega un racionalismo acrítico, sofista e idealista que da lugar a Pseudociencias, Ideologías, Tecnologías y Teologías. Es esta una literatura que persigue la promoción de intereses gremiales «que nace de una voluntad sofista y de un uso demagógico de las posibilidades conquistadas por el pensamiento humano, el cual, neutralizada o desvanecida la crítica, queda subordinado a los intereses de una ideología, un credo, un grupo o lobby al que mueven específicamente propósitos gregarios y crematísticos». La condición adjetiva de esta literatura la convierte en vehículo de difusión de contenidos muy poco, o nada, relacionados con el arte, como podrían ser, por ejemplo, el compromiso político o feminista (que el autor comprometido o feminista ejerce críticamente contra los demás y acríticamente para consigo mismo), de tal manera que la suerte, en el eje pragmático, de esta Literatura se limita a la vigencia que puedan tener estas ideas, es decir, al periodo de tiempo en que sigan estando de moda. Maestro lo describe de forma muy elocuente cuando, a propósito de Bertolt Brecht, señala que «no sobrevivió a su tiempo. Su teatro épico, tampoco […] Saturado del violento marxismo característico del período de entreguerras, Bretch consideraba que el arte siempre está comprometido con un mundo en guerra, y que solo con la guerra la poética puede hacer la paz. Lo cierto es que el arte nunca ha hecho la paz con el mundo, salvo para confirmar programáticamente el servilismo religioso, político e intelectual de los artistas, o de quienes como tales se disfrazan. No hay mayor colaboracionista que el intelectual». La Literatura programática se sirve de la implantación de la Literatura Crítica en el eje circular y, como un parásito, explota la razón literaria para construir una preceptiva que, por su sentido acrítico y su endogamia, establece, desde su inicio, las condiciones de su final.

Por último, el cuarto linaje de esta Genealogía es el de la Literatura Sofisticada o Reconstructivista, aquella que se sirve de tipos irracionales de conocimiento y modos críticos de raciocinio. En esta Literatura, «el autor formaliza estéticamente, mediante reconstrucciones tan artificiosas como reflexivas, los componentes arcaicos o antiguos de un mundo indudablemente pretérito y ya inasequible, con frecuencia distante y exótico, pero que la Literatura recupera, sofisticadamente, desde un formato crítico, merced a una experiencia racional que se disimula tras un aparente y seductor irracionalismo» y, por tanto, da lugar a obras, de naturaleza formalista o estética, animadas, en muchas ocasiones, por un impulso lúdico. Maestro la ejemplifica con los casos, entre otros, de La metamorfosis, de Kafka, o «Sobre los ángeles», de Alberti, y señala que ambos autores sabían perfectamente que no existen los ángeles y que no hay ninguna posibilidad de que un individuo se despierte convertido en un insecto pero recrean lo numinoso y lo mitológico, es decir, actualizan los contenidos propios del eje angular; ahora bien, en lugar de considerarlos dogmas explicativos de la realidad, lo que hacen es recuperar, mediante esas formas, unos referentes propios de sociedades primitivas y servirse creativa, lúdica y racionalmente de ellos. Se trata de construcciones que implican «la reconstrucción racional de un mundo irracional». Maestro insiste en señalar que, al igual que sucede con el Surrealismo, el irracionalismo que se da en estas obras es, con frecuencia, una construcción fruto de una razón sofisticada capaz de sustraerse a las normas morales vigentes en una sociedad, situándose por encima –a una escala más sutil– de la «razón opresora». Por todo ello, afirmamos que esta Genealogía de la Literatura construida por Maestro es absolutamente original y esclarecedora, amplía sustancialmente nuestras posibilidades de interpretación y conocimiento de los materiales literarios y pone al descubierto las artimañas que sofistas e idealistas de viejo y nuevo cuño han desplegado en sus obras literarias.

Volvemos a la definición de Literatura para fijarnos en otros de sus componentes. Según Maestro, la Literatura es una construcción humana «que utiliza signos del sistema lingüístico» y se desarrolla en un proceso comunicativo «cuyas figuras fundamentales son el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor». Estas alusiones nos sitúan frente a una realidad material y, por tanto, en el dominio de la Ontología. De hecho, no cabe hablar de Literatura al margen de los materiales literarios, de aquellos materiales que componen la realidad de la Literatura. La Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico, en la medida en que «concibe la pragmática de la literatura como una totalidad atributiva procesual cuyas partes formales y materiales se articulan en symploké», rechaza el Descripcionismo (que sitúa la verdad científica en la hipóstasis de la materia; así es como, desde Aristóteles hasta el positivismo histórico, se ha tratado la idea de Autor), el Teoreticismo (hipóstasis de la forma; que es como, desde la escuela morfológica alemana, hasta varias corrientes posestructuralistas y posmodernas, se ha tratado la idea de Obra literaria) y el Adecuacionismo (que entiende la verdad como el resultado de la hipóstasis por separado de una forma y una materia que, posteriormente, se encajan, coordinan o adecuan; que es como todas las poéticas de la recepción han tratado la idea de Lector). Contra todas estas teorías, Maestro aplica a la Literatura el circularismo gnoseológico del Materialismo Filosófico y sitúa la verdad científica en la identidad sintética de una forma y una materia que, lejos de hipostasiarse, se construyen mutuamente y se relacionan diaméricamente. La figura pragmática y gnoseológica del Intérprete o Transductor es la encargada de perpetuar este proceso circular, incesante y dialéctico.

Los cuatro términos de esta ontología (autor, obra, lector e intérprete o transductor) son totalidades atributivas (cada uno cumple una función insustituible), mantienen entre sí una relación sinalógica (es decir, de forma directa, física y operatoria) y cierran circularmente el campo categorial de la Teoría de la Literatura. En este sentido, hay que destacar que Maestro recupera la figura del Autor, a quien considera un sujeto corpóreo y operatorio, artífice de las Ideas y Conceptos objetivados en la obra literaria. Con esta reivindicación, Maestro niega tanto la «muerte» del autor, decretada por Barthes, como su disolución (Foucault), así como otros delirios posmodernos que tienen su asiento en las ideas kantianas acerca de la autonomía del arte. Hay que reconocer que muchas de las críticas de Maestro se construyen mediante ingeniosas analogías que ponen de manifiesto la ridiculez de las ideas a las que se enfrenta el autor. Por ejemplo, a propósito de las teorías de la interpretación literaria que consideraban que deshumanizar el arte significaba suprimir al autor, Maestro señala que todas ellas «situaron la deshumanización no en el método –científico–, sino en el objeto –de conocimiento–. Si la Medicina hubiera hecho lo mismo, habría prescindido del paciente». Y, en estos casos, la ironía cumple una función pedagógica de igual resultado a la función militar que cumplieron las bombas atómicas en la II Guerra Mundial. Maestro pone al descubierto la aporía a la que se conducen estos «escribas posmodernos», ya que, si el autor no es el artífice de las ideas objetivadas en una obra, es que no hay tales ideas, sino meras formas lingüísticas, lo cual supone la inauguración del caos interpretativo y, en última instancia, la extinción de la Literatura. Como ya hemos visto, Maestro denuncia tanto la falacia descripcionista, que describió al autor literario como si este fuese un dios, «una divinización del yo del artista» (creacionismo teológico), como la falacia negacionista, animada por Derrida, Foucault, Barthes y otros posmodernos, que preconizaban su muerte (nihilismo mágico). Afirma Maestro que «el hecho de que muchas de las ideas irracionales e incoherentes de figuras como Barthes, Derrida o Foucault, no hayan sido criticadas suficientemente revela no solo la capacidad acrítica de sus lectores, sino sobre todo el estado actual de la teoría literaria y el grado de saber crítico de la mayor parte de las personas que a ella se dedican», pues bien, contra estas personas, Maestro sostiene que el autor literario es un sujeto corpóreo y operatorio que escribe las obras literarias (M1) y en ellas refleja una estructura psicológica (M2) y un sistema de Ideas y Conceptos (M3).

Respecto al segundo de los materiales de la ontología literaria, el Texto, Maestro lo define como «aquella realidad material en la que se objetivan formalmente las ideas de la Literatura». La exigencia que impone el Materialismo Filosófico es que las formas no son suficientes para construir una obra literaria sino que estas deben remitirnos a un contenido material inteligible. Advertirá el lector que no se trata de ninguna exigencia extravagante sino de la condición mínima que se precisa para salvaguardar el proceso de comunicación literaria. Y esta salvaguarda tiene que ver con los reduccionismos a los que el texto ha estado sometido por parte de la crítica. Por un lado, el reduccionismo formalista (reducción de la ontología especial del Mundo interpretado [Mi] al tercer género de materialidad [M3]), a partir del cual se «puede llegar a afirmar que si la teoría falla, la culpa la tiene la realidad». Esta exaltación de la forma explica la aparición de una gran cantidad de términos equívocos o falaces con los que otros tantos críticos y académicos se han entretenido profesionalmente, pues cada uno ha construido conceptos gnoseológicos con los que ha operado de forma idealista, es decir, falaz, ya que ninguno de ellos tenía referentes materiales reales. Por otro lado, el reduccionismo materialista o metafísica corporeísta (reducción de la ontología general [M], la materia del Mundo, a M1, a la realidad fisicalista), que supone la negación idealista, dogmática y monista de las materialidades psicológica (M2) y lógica (M3). Frente a estos y otros reduccionismos, Maestro defiende, desde el espacio ontológico, la dimensión corpórea del texto, su materialidad física o primogenérica (M1), de modo que «queda así configurado como un conjunto coherente de signos o formas verbales» que objetivan unas determinadas experiencias psicológicas (M2) y un sistema de ideas (M3).

Respecto a la figura del Lector, Maestro lo define como «el ser humano que interpreta para sí mismo y de forma efectiva las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios». Con esta idea de Lector, Maestro se enfrenta a la retahíla de lectores (lector real, lector ideal, archilector, lector modelo, lector implícito, lector explícito, lector implicado, lector intencional, lector informado o lector textualizado) a la que los retóricos posmodernos se han referido de forma falaz y acrítica. Frente a estos lectores diseñados por la posmodernidad y dedicados exclusivamente al consumo de experiencias estéticas y a la construcción de «rapsodias descriptivas o meras doxografías», la teoría literaria materialista reivindica al único lector posible, el de carne y hueso («lo demás es retórica y formalismo, metafísica de la lectura y teología de la recepción»), un lector con criterios y, por tanto, un lector que interpreta contra alguien. Y en este punto es muy interesante la observación de Maestro: una lectura que no se hace pública, que no se convierte en interpretación, «no deja de ser un autologismo, esto es, la propuesta solipsista que alguien se hace para sí mismo». Sucede que, para que esta lectura devenga interpretación, es decir, un ejercicio crítico, debe ser normativa. La extensa tipología de lectores construidos por la retórica posmoderna tienen mucho que ver con el idealismo kantiano, de raigambre luterana (no en vano, Maestro afirma que «Jauss es el Lutero de la teoría literaria de finales del siglo XX»), de ahí que Maestro denuncie el reduccionismo que supone la caracterización del lector como un mero registrador de fenómenos que, como hechos de conciencia, es decir, como formas carentes de referencia material primogenérica, este jamás podrá convertir en conceptos: «la interpretación literaria queda una vez más a merced de los hermeneutas de la psicología egoísta y de la ideología gremial, cuyo límite es el autismo individual y gregario». Se pretende, en definitiva, la construcción de un lector acrítico e idiota. La distancia entre esta figura impedida y el lector que nos propone Maestro (sujeto corpóreo y operatorio capaz de interpretar, es decir, de tratar crítica y normativamente las Ideas objetivadas en una obra literaria) es inmensa.

Por último, Maestro se ocupa de la cuarta figura, el Intérprete o Transductor. Maestro lo define como «el ser humano o sujeto operatorio que ejecuta el acto de la transducción, consistente en interpretar para otros […] y condiciona ante terceros la recepción e intelección de la Literatura». El proceso de comunicación literaria no es una actividad inane o conciliadora y Maestro lo advierte, explica y justifica con la ampliación y revisión de las figuras (autor, obra, lector) con las que Jakobson el esquema semiótico de su teoría, que, por otra parte, como señala el autor, ya estaba explicitado en la Poética de Aristóteles. La incorporación del intérprete o transductor, del individuo que dispone de medios de difusión y censura es fundamental, no solo para completar la ontología de la literatura que propone el Materialismo Filosófico, sino para lograr el circularismo gnoseológico que cierra categorialmente su Teoría de la Literatura. El transductor, por cuanto interpreta para otros, transmite los materiales y, al mismo tiempo, los transforma. Él es el punto de llegada de los materiales literarios y, a la vez, el generador de otras interpretaciones, activando, de este modo, el circularismo al que hacíamos referencia (y del que nos ocuparemos al tratar la Gnoseología de la Literatura). A los procesos semióticos de construcción de sentido (expresión, significación, comunicación e interpretación), hay que añadir, por tanto, la «transducción literaria», un ejercicio, insistimos en ello, de construcción de sentido y de intervención decisiva en el proceso de comunicación literaria (basta pensar en la distancia que media entre la lectura de la obra dramática y el espectáculo teatral). Precisamente por ello, la lectura, como ya hemos visto, no puede ser un ejercicio acrítico, sino todo lo contrario. Porque existe la figura del transductor y su función es inexcusable, el lector, dotado de criterios, se enfrenta dialécticamente a la obra y, también, a sus mediadores y, en cuanto lo hace, aquella lectura supera el autologismo y deviene interpretación, que, a su vez, y según el poder o grado de genialidad de dicho lector, será difundida por un transductor (acaso él mismo actuando como tal) que volverá a activar la circularidad del proceso de comunicación literaria.

Volvemos, de nuevo, a la definición de Literatura para fijarnos en la alusión a la construcción humana «racional». La Literatura, por tanto, como discurso lógico, es susceptible de ser tratada gnoseológicamente, lo cual, desde las coordenadas del Materialismo Filosófico, nos sitúa de pleno en los tres ejes del Espacio Gnoseológico, lugar en el que se lleva a cabo el análisis científico de los materiales literarios. Aquí Maestro distingue entre los términos literarios (las partes objetuales), las relaciones lógicas que se establecen entre su materialidad y su forma, y las operaciones (progressus lógico-formal y regressus material) que ejecuta el sujeto operatorio. A lo largo de este libro y, de hecho, en todas su obras anteriores, Maestro denuncia repetidas veces la precariedad de los estudios de Letras en el sistema universitario actual y la indiferencia o apatía de muchos profesores que, refractarios a modificar su costumbre, se dedican a la repetición de unos discursos que solo se sostienen retóricamente: «el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura opera en la biocenosis de los materiales literarios y se enfrenta a la necrosis del mundo académico contemporáneo, cuyos máximos responsables y culpables son los apologetas de la posmodernidad».

En este capítulo Maestro analiza los tres tipos de teorías que han tratado de formalizar conceptualmente y categorialmente los materiales literarios. El primero de ellos es el de las Teorías Academicistas (agrupa a la Poética, la Retórica o la Historia literaria, entre otras), que han conseguido reducir una ciencia a una disciplina académica, a un instrumento de análisis, pues tratan la forma y la materia de la Literatura según criterios psicopedagógicos, en lugar de atenerse a un criterio gnoseológico. El segundo tipo es el de las Teorías Epistemológicas (Poética mimética, Poéticas del autor, Poéticas de la Recepción, etc.), que reúne a una serie de teorías que, por fundamentarse en la hipóstasis del sujeto o en la del objeto, se han desplegado alrededor de uno solo de los términos de la ontología literaria, rompiendo, por tanto, su symploké y forzándose a elaborar una apariencia de conocimiento, es decir, una sofística. El tercer tipo, constituido por las Teorías Gnoseológicas, corresponde a la construcción y desarrollo de la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico que Jesús G. Maestro ha llevado a cabo enfrentándose dialécticamente y negando la epistemología contemporánea, porque «cuando las teorías se desvinculan de las realidades materiales, cuando pierden toda posibilidad de conjugación con la materia, entonces degeneran en especulaciones, en hipótesis, en formas completamente desconectadas de la realidad física y material del mundo real». Esta «desconexión» es la causa que explica el fracaso de las Teorías epistemológicas, pues este se debe, precisamente, a la desorientación de unos teóricos de la literatura cuyas delirantes investigaciones solo tienen asiento en su maleable subjetividad y no en la realidad material que deberían tratar, y explica, también, el fracaso de nuestras Facultades de Letras, ya que, a causa de la insularidad en la que están instaladas, por haber perdido toda conexión con la realidad científica de su tiempo, se dedican a consumir agónicamente los recursos, ilusiones y potencialidades que todavía les quedan.

Estas «desconexiones» tienen su figura antagónica en la relación de symploké que se da entre los materiales literarios y que, esencialmente ligada la función gnoseológica desplegada por el transductor, es fundamental para que se produzca el cierre categorial de la Literatura. No puede haber mayor distancia entre las unas y la otra, es decir, entre el caos de las Teorías epistemológicas, que solo son capaces de enfrentarse a él mediante el ilusorio recurso a lo psicológico, y la Gnoseología de la Literatura, que se fundamenta en todo lo contrario: en un circularismo que «niega la distinción, disociación o hipóstasis de la materia y la forma de los componentes de las ciencias, y propone su reducción o absorción mutuas, su indisolubilidad, su síntesis circular, diamérica y dialéctica, según la cual la forma de la ciencia es el nexo mismo de constitución, mediante unidades sintéticas, de las partes constitutivas de la materia de la ciencia, es decir, el contenido mismo de la verdad científica como concepto categorial». Se entiende, pues, que retóricos y sofistas se muestren reticentes o abiertamente contrarios a estudiar la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico: a nadie le gusta tener que reconocer que se ha pasado la vida sacándose falacias de la chistera.

Volvemos a la definición de Literatura para detenernos en la alusión al «estatuto de ficción» del signo lingüístico, lo cual nos remite al concepto de Ficción construido por Maestro. Y esta es otra de las grandes aportaciones del autor a la Teoría de la Literatura. Después de veinticinco siglos de vigencia de las ideas de ficción y realidad fijadas por la epistemología aristotélica, aceptadas, en su día, por la Ilustración y, también, por nuestros contemporáneos, de una forma acrítica y contradictoria respecto del conocimiento desarrollado por la Ciencia Física, Maestro insiste en resaltar que el mundo no es una realidad acabada, externa, respecto de la cual la obra literaria logra una mayor o menor verosimilitud, según la perfección del ejercicio mimético que lleva a cabo el autor literario, sino que la realidad es una construcción que implica la construcción de otras realidades. Lo fundamental, en este caso, consiste en advertir que la construcción de estas realidades no guardan una relación de «adecuación» con la Realidad sino que se «conjugan» con ella: la adecuación supone la existencia de dos Realidades, la conjugación marca una relación de subordinación y, por tanto, la existencia de una sola Realidad. Una de las consecuencias más perniciosas de la asunción de la Idea aristotélica de ficción es que el adecuacionismo entre la realidad y los contenidos ficccionales de la obra literaria siempre –su grado de verosimilitud– se ha producido en términos de verdad/mentira, de modo que aquella obra que más «parecido» presentaba con «lo real» se consideraba más verdadera. Por eso, Maestro habla de Literatura y de Ficción con respecto a las categorías de Mundo y Realidad, de manera que la verosimilitud, en la medida en que se define por una positividad (la apariencia) y una negatividad (la elipsis), representan una alianza entre la retórica (la sofística) y la poética (el mito), «pero esta alianza está destinada a impactar en la Realidad, es decir, en un espacio antropológico, no en la Verdad, que pertenece a un espacio gnoseológico».

La idea de verdad literaria ha resultado muy rentable a todas aquellas pseudo-teorías o ideologías que se han arrogado la capacidad de determinar las verdades que esconden sus obras o las obras de otros autores. Cuando segregamos la materialidad primogenérica, cuando interpretamos que la realidad es una materia externa y desvinculada de los materiales literarios, entonces nos vemos obligados a suplir autológicamente este contenido, es decir, a construir sofísticamente esta realidad; dicho de otro modo, a inventárnosla. Así actúan muchas teorías literarias y muchas ideologías: concediendo al intérprete las capacidades de un dios. Maestro se enfrenta a todos ellos, a las teorías filológicas o retóricas (como la de Cesare Segre, «uno de los mejores inventarios y repertorios de confusionismo conceptual que se han publicado sobre la ficción literaria»), a las teorías basadas en el idealismo metafísico de los mundo posibles (como la de Lubomir Dolezel), a las teorías basadas en el materialismo fisicalista (como la de Siegfried Schmidt, «que reduce la totalidad de los materiales literarios a una realidad física primogenérica, manufacturable e inventariadamente inerte»), o a intérpretes como Pavel, Dolezel y Eco, que se declaran partidarios de una semántica de la Literatura y con ello no hacen más que «desvincular sus interpretaciones de la realidad en la que la Literatura está inserta. Separan la Literatura de la ontología y se erigen intérpretes o médiums capaces de revelar su verdad» y a críticos y teóricos, como Vargas Llosa, Ricoeur o Walton, que se libran al psicologismo explicativo. Todos estos autores, incapaces de construir un concepto operatorio de ficción, se limitan a desplegar una retórica de la ficción o una psicología de la recepción literaria. No pueden trascender el hecho de conciencia. La ficción, por mucho que les pese, siempre parte de la realidad: el cuerpo y las extremidades de don Quijote, así como su adarga o su caballo, provienen de las materialidades primogenéricas (M1) de la Realidad, y de esa misma Realidad (¡porque no hay otra!), toma Cervantes las referencias a la fama y a la locura (M2), así como las ejecutorias de hidalguía o el decreto de expulsión de los moriscos (M3), materialidades, todas ellas, de la Realidad efectiva en la que Cervantes vivió. Maestro insiste en repetir que todo lo que está en la ficción, lo está porque previamente está en la realidad.

Frente a todos los formalismos que tratan de segregar alguno de estos materiales, Maestro acude al concepto de existencia del Materialismo Filosófico («la existencia es siempre coexistencia porque nada ni nadie puede existir de forma aislada») y desarrolla una de las aportaciones más significativas de su obra: la diferencia entre existencia operatoria y existencia estructural. Todo lo que existe, existe. Dios, el ratoncito Pérez y el Licenciado Vidriera existen, pero su existencia, a diferencia de tu existencia, lector que esto lees, es meramente estructural y, por ello, nada pueden operar más allá de la estructura formal que los contiene. Tienen existencia estructural en las obras que los contienen (el término aglutinante) pero, más allá, su capacidad operatoria es igual a cero. Por todo ello, Maestro define ficción como aquella «materialidad que carece de existencia operatoria, tratándose de una materialidad a la que se le atribuyen contenidos psicológicos y fenomenológicos, y a la que, sin embargo, se convierte en sujeto de referentes lógicos. Es decir, es la materia cuya forma se agota en su propia materialidad». Afirma Maestro que «no hay moralista que no se tome en serio el juego de la literatura, es decir, que no haga trampas a la hora de interpretarla», y es lógico que así sea: en la medida en que la Literatura, a través de la ficción, impone la presencia de lo no operatorio en la Realidad, moralistas, idealistas y sofistas ven materializados sus delirios; lo grave es que no sean capaces de apreciar que la existencia real, la materialización en M1, de sus ficciones no les otorga ninguna capacidad operatoria, pues la realidad material del signo lingüístico no puede desfacer entuertos. Cuando al moralista le resulta insufrible convivir con esta frustración y decide corregir a realidad (equivocada), las consecuencias pragmáticas de sus anhelos siempre se materializan en algún tipo de violencia.

La construcción de una Genología de la Literatura radicalmente nueva es otra de las destacadas aportaciones que Jesús G. Maestro ha objetivado en este libro. Lo sorprendente de todas ellas es que, partiendo de aquellos materiales que todos conocemos, Maestro los somete a unas conceptualizaciones y sistematizaciones que resultan sorprendentes y admirables, tanto por su pertinencia y solidez, como por las posibilidades de conocimiento que nos procuran. Esto es lo que sucede cuando la interpretación científica y crítica irrumpe en los dominios de la sofística, la doxografía o la epistemología. Maestro define gnoseológicamente los géneros literarios como «los diferentes conjuntos de características comunes que podrán identificarse material y formalmente, entre las partes o especies que constituyen la totalidad de las obras literarias reconocidas como tales». Podríamos decir que este capítulo no hace sino explotar cada elemento de la definición.

Los «conjuntos de características» tendrán un desarrollo totalmente novedoso cuando Maestro se refiera a las características comunes dadas entre las partes de un todo (características de tipo plotiniano) y las cualidades específicas, que determinan que la parte es igual al todo (características de tipo porfiriano). Este punto de partida distingue el trabajo de Maestro de las genologías precedentes, pues todas ellas pertenecen al tipo porfiriano. Según el esquema arborescente de la clasificación porfiriana, géneros, especies y obras literarias se fosilizan y, por tanto, se tratan como si fuesen estructuras inmutables; en cambio, en las clasificaciones porfirianas, los géneros cambian pero estos cambios no se deben a la acción de las especies sino que parten del propio género, de lo que Maestro llama «genoma literario», en el que ya están inscritas las propiedades generadoras del género. Maestro trata la cuestión de los géneros literarios desde el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, es decir, desde los tres ejes del espacio gnoseológico (en el que se desarrollan los conceptos de género, especie, obra, intensión, extensión, distinción, cogénero, subgénero y transgénero) y también lo hace desde el Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura, es decir, desde un enfoque filosófico y dialéctico que se concreta en el sistema de los Nueve Predicados Gnoseológicos de los Géneros Literarios (esencia o canon, atributo o metro, potencia, paradigma, facultad, propiedad, prototipo, característica y accidente). Por una cuestión de espacio, no podemos tratar cada uno de estos predicados pero, para que el lector pueda, por lo menos, intuir de qué estamos hablando, reproducimos las caracterizaciones que Maestro hace de cada uno de ellos: «el canon objetiva lo determinante de la obra literaria respecto al género al que pertenece, el metro o atributo objetiva lo que permite integrar esa misma obra en su género correspondiente […] la potencia objetiva lo específico de esa obra, esto es, lo distintivo como especie, dentro de su género […] El paradigma objetiva lo determinante de la obra literaria respecto de la especie de la que forma parte, esto es, lo que una obra de arte concreta convierte en determinante o intencional para la especie de su género. La facultad, a su vez, permite objetivar aquellos rasgos que una obra literaria aporta a o integra en la especie de su género […] la propiedad objetiva precisamente aquello que distingue y constituye a una obra de arte concreta dentro de y frente a otras de su misma especie y de su mismo género […] el prototipo permite objetivar las partes determinantes o intencionales dadas en varias obras literarias que se inspiran en una obra literaria anterior […] la característica permite objetivar las partes aditivas, extensionales o integrantes, dadas en numerosas obras literarias, las cuales comparten, bien la pertenencia a un mismo género, bien la adscripción a una misma especie […] serán accidentes todas aquellas partes distintivas o constituyentes de la obra literaria en sí definidas por su significación de analogía y oposición respecto a las partes distintivas o constituyentes formalmente objetivadas en otras obras literarias».

Este capítulo se cierra con la aplicación (perspectiva lógico-material) de estas clasificaciones (perspectiva lógico-formal) para tratar la cuestión del género al que pertenece el Quijote. Recomendamos al lector que estudie esta aportación de Maestro, que profundice en la teoría que nosotros apenas acabamos de bosquejar y que examine los ejemplos concretos con los que el autor materializa esa perspectiva formal. Contra las musas de la ira ofrece una nueva Teoría de la Literatura, de ahí que cada uno de estos capítulos resulte del máximo interés, al menos, para aquellos individuos que, por devoción u oficio, operan con los materiales literarios. Este interés se acentúa cuando uno advierte que cada una de las propuestas de Maestro rebasa ampliamente el conocimiento precedente. Y este mismo interés se convierte en necesidad cuando la teoría de Maestro, como sucede con la Genología de la Literatura, se enfrenta dialécticamente a las teorías de los géneros que hemos conocido hasta ahora y las pone del revés, mostrando su precariedad. Porque la isología no es lo mismo que la heterología (porque género, especie e individuo se relacionan dialécticamente), la teoría de Maestro no es como las anteriores.

El último apartado de Contra las musas de la ira se dedica al desarrollo de la idea, concepto y método de la Literatura Comparada, que el autor define como «un método de interpretación destinado a la relación crítica de los materiales literarios, es decir, a la formalización, conceptualizada desde criterios sistemáticos, racionales y lógicos, de los materiales literarios dados como términos (autor, obra, lector, transductor) en el campo categorial de la literatura». Maestro trata la Literatura Comparada desde la Filosofía (como una interpretación crítica, basada en la figura gnoseológica de la relación, de las ideas contenidas en los materiales literarios) y desde la Ciencia (como una interpretación conceptual de los materiales literarios desde el punto de vista de las relaciones que el comparatista establece entre ellos).

Ambas perspectivas nos remiten a la idea de symploké, que, entendida como relación comparativa, racional y lógica, es, según la propuesta de Maestro, donde se objetiva operativamente la esencia de la Literatura Comparada. Y en este punto el lector vuelve a encontrarse con un desigual combate: Maestro expone sus ideas y define los términos de forma clara y distinta, de manera que, cuando, para contradistinguirse, se enfrenta dialécticamente a otras teorías de la literatura, la precariedad de los postulados que instruyen a estas últimas resalta, por contraste, la solidez de los principios materialistas de Maestro: «[El posmodernismo] ha sustituido el criterio de la relación por el mito de la isovalencia […] ha reemplazado ideológicamente la comparación como figura gnoseológica y dialéctica por una idea de identidad como retórica acrítica y dogmática […] el resultado no es más que la isonomía de las ideas, la igualdad acrítica de los valores […] porque si todas las literaturas o culturas son iguales, entonces no hay nada que comparar. La igualdad anula toda posibilidad de comparación». La opción posmoderna queda neutralizada por completo.

Una vez que queda al descubierto la futilidad de los ejercicios retóricos a los que se ha dedicado (pues no hay mayor ociosidad que dedicarse a comparar lo igual), al comparatista solo le queda atender a los Modi sciendi comparationis litterariae que Maestro desarrolla desde el espacio gnoseológico de la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico. Según el autor, de los cuatro modos de ejecutar los procesos operatorios de las ciencias, la Literatura Comparada se basa en el establecimiento de modelos, por cuanto son procedimientos solidarizantes o contextualizantes, es decir, por cuanto constituyen relaciones a partir de los términos del campo categorial de la literatura. Estas relaciones pueden ser isológicas (dadas entre términos de la misma clase) o heterológicas (dadas entre términos de clases diferentes) y distributivas (dadas con en el mismo valor en cada parte del todo) o atributivas (dadas con distinto valor en cada parte del todo), de tal manera que «el cierre categorial se produce cuando operatoriamente se agotan las posibilidades factibles de establecer nuevas relaciones más allá de los límites del campo categorial de la literatura». Y este es el resultado de la explotación del modelo gnoseológico de la Literatura Comparada que propone Jesús G. Maestro. Un modelo en el que, por una parte, tenemos al comparatista, como sujeto operatorio, los hechos literarios, como términos, y la relación, como figura gnoseológica que hace posible la comparación. En el eje vertical del cuadro en el que Maestro objetiva los Modos Científicos de la Literatura Comparada tenemos los cuatro materiales literarios fundamentales, como causa eficiente de la relación literaria ejecutada por el comparatista, mientras que, estos mismos términos, situados en el eje horizontal, no son causa, sino consecuencia codificadora o sancionadora de aquella causa: autor que registra la influencia de otro autor (dando lugar a metros, isología atributiva), la influencia de una obra (dando lugar a un prototipo, heterología atributiva), su relación con un lector (en quien objetiva un prototipo de receptor, heterología atributiva), o el prototipo de crítica de un transductor (heterología atributiva). De hecho, las relaciones que puede interpretar el comparatista como sujeto operatorio comprenden todas las combinaciones posibles: obra/obra, obra/lector, lector/transductor, transductor/autor…, incluida la interesantísima dialéctica que se da cuando se contraponen las figuras transductor/transductor, que Maestro ejemplifica con la lucha entre Babel y la Academia: «Babel quiere ser la Academia. Desde el irracionalismo de autologismos absurdos y estériles, desde la necedad de lo ‘políticamente correcto’, y desde la imposición de dialogismos gremiales carentes de todo fundamento lógico y científico. Y la Academia contra Babel se impone desde el uso de la razón, la coherencia de la ciencia y el ejercicio de la dialéctica, tres facultades de las que la tropología posmoderna y el psicologismo gremial carecen por completo», una lucha que se concreta en la capacidad de unos y otros para establecer un canon (sancionado normativamente) o limitarse a producir paradigmas (expresión del «dialogismo de una sociedad gremial, autista pero con pretensiones universalistas»). El desarrollo pleno del modelo, que aquí no podemos reproducir, es realmente impresionante y, sobre todo, absolutamente efectivo. Súmese a todo ello que, tras haber estudiado la tradición, Maestro demuestra que la Literatura Comparada es un invento europeo, íntimamente relacionado con el Estado y con vocación imperialista. Y esto último, por supuesto, se puede negar a gritos y con grandes aspavientos y rotura de vestiduras pero también puede el hipersensible gritador, aunque sea una sola vez, tratar de refutarlo mediante un ejercicio crítico no fraudulento. Si es que sabe y puede hacerlo, claro.

Maestro ha realizado un trabajo soberbio, y ahí están los ocho volúmenes de la serie Crítica de la Razón Literaria (que, en el futuro, puede verse ampliada) para demostrarlo. Contra las musas de la ira –título que el autor toma de una obra de Teresa González Cortés– desarrolla los puntos clave de la sistematización del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura que Maestro ha llevado a cabo. Y ya que hablamos de «sistema», queremos volver a mencionar la symploké que se da entre los tres géneros de materialidad de la ontología especial del Materialismo Filosófico, la symploké de los materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o transductor) y la symploké como relación comparativa, racional y lógica en la que se objetiva la esencia de la Literatura Comparada, así como la circularidad generada por la figura del transductor en su función de operador gnoseológico que logra el cierre categorial de la Teoría de la Literatura. Queremos destacar la importancia de estas conexiones en orden a obtener un conocimiento, pues la obtención, a partir de la interpretación de los materiales literarios, de un conocimiento nuevo y no fraudulento es algo que la Teoría de la Literatura no había resuelto satisfactoriamente hasta que Jesús G. Maestro decidió enfrentarse a las teorías literarias posmodernas que han dominado el campo de la Literatura durante buena parte de la última centuria.

Si el lector atiende a las ideas de sistema, symploké, relación comparativa, circularidad gnoseológica y, en general, a la geometría de ideas que Maestro explota de forma preclara en esta obra, y atiende a la dialéctica que el autor establece entre estas concatenaciones (y todos sus desarrollos científicos y críticos) y la desconexión (causada por la arbitrariedad, subjetivismo, ideología, fe, retórica, doxografía y sofística) de los contenidos que informan tantas teorías literarias y tantas investigaciones académicas, reseñas, programas docentes y artículos pretendidamente científicos elaborados por críticos, profesores y teóricos de la literatura que todavía disponen de poder, entenderá por qué están airadas las musas de estos impostores y por qué ellos también lo están: el juego, desde ahora, tiene normas.

© Ramón Rubinat

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