La música de las esferas

Mario SATZ
La música de las esferas
Madrid, Dairea Ediciones, Colección Musica libraría, 2014, 166 pp.

ISBN 978-84-939672-5-3

María del Pilar COUCEIRO
Universidad Complutense Madrid

En torno al inquietante hecho de la muerte, existe paradójicamente un profundo elemento de seducción que camina paralelo al rechazo inicial de la idea. Con la inestimable ayuda del Dogma, en la mayoría de las culturas la muerte y sus guarniciones… seducen, y esa atracción fatal es hija de un doble sentimiento de aprensión y curiosidad, ya que, si bien por una parte, está presente la negación, el “mirar a otro lado”, el intento de desechar la noción, la duda, el terror en suma, de enfrentarse a la idea del inexorable destino final del hombre, por otra, palpita ese revestimiento ficcional que actúa -o al menos lo intenta- como conjuro, como paliativo confortador que pueda servir de base a un inframundo capaz de nivelar dos planos antagónicos: la vida y la muerte. Así, conviven la negación por un lado y la elaboración imaginativa por otro.

Ese interés por la muerte y sus aledaños se manifiesta desde cualquier cauce artístico, pero la fuerza de la palabra es suprema porque sin ella, las otras expresiones (pintura, escultura, música) quedarían incompletas al adolecer de la información simbólico-interpretativa heredada culturalmente. Así, la vía literaria que podría denominarse funeral es capaz de encumbrarse sobre el hecho descarnado de la muerte hasta el extremo de que, en un rastreo superficial, el otro gran protagonista literario -el amor- pierde por puntos, y para constatar este porcentaje, sólo hay que espigar entre cualquiera de las obras grandes del canon literario universal de los últimos, pongamos, tres mil años.

Y es la Muerte con mayúscula, el vector que impulsa este texto, construido a partir del conocido concepto pitagórico La música de las esferas, ya que se trata de un relato encadenado en una serie de prolepsis que giran sobre sí mismas, en una especie de premonición-certificación del tema de la muerte de una de las dos protagonistas, Consuelo, un ser extraño, diluido, dicotómico, que parece huir de la definición para caer constantemente en la paradoja, de manera que el lector, a partir de una simpatía inicial, puede derivar fácilmente en una exasperación hacia su figura, sensación similar a la que a veces muestra la otra protagonista, Asor, cuya entidad agónica está mucho más estructurada y que, desde el punto de vista del personaje, posee mayor fuerza expresiva. La presencia constante de estas dos mujeres disuelve fuertemente la de otros personajes secundarios, siempre a la sombra de las actantes, ayudando a sustentar la trama textual. La figura de Consuelo, primero comadrona y más tarde ayudante de los moribundos, enmarca a un individuo social, uno de esos tipos psicológicos de los que ya nos prevenía Spranger, que completamente insertos en el terreno de lo orgánico-biológico, construyen su discurso a partir de asertos categóricos, dispuestos a ser útiles por encima de todo, ya que su satisfacción vital consiste en servir a los más altos valores… tal y como ellos los ven. Pero el riesgo de este “volcarse en todos” consiste en soslayar la primacía de “uno”, y habría que preguntarse si el “amor universal” no es sino la incapacidad para el Amor con mayúsculas.

Frente a esto, la otra protagonista, Asor, es capaz de recorrer un arco fenomenológico de sentimientos en el que puede evolucionar desde el rencor hasta la indulgencia; desde la perplejidad hasta la confianza. Entre las muchas cualidades de humanidad que despliega, destacan la capacidad de admiración y el sentimiento de gratitud, aunque no logra evitar tampoco una posición lúcidamente crítica hacia su mentora:

Su mundo emocional [de Consuelo] era el de un niño, oscilaba sin vergüenza del dolor al placer y seguía adelante. Seguía adelante sin preguntarse por qué el mismo ojo tiene dos clases de lágrimas (141).

A pesar de la posición subalterna del resto de los personajes, merecen destacarse, sin embargo, las figuras de Raga, una peculiar figura psicopompa a la manera tibetana, y de Yoshiro, el padre de Asor, cuya presencia, casi al final del relato da lugar a una serie de páginas que constituyen, en mi opinión, lo mejor del libro.

Entre un conjunto de objetos cargados de simbolismo, destacan tres: dos son de índole material, un arpa celta y una flauta china, en posible referencia, a pesar de la “mudanza de orígenes”, a Apolo y Marsias, los dos competidores del concurso de música que recoge la mitología clásica. En este sentido de recurrencias literarias, el autor ha puesto buen empeño en dejar constantes alusiones, más o menos veladas, a sus fuentes: la Biblia, los Nibelungos, Homero, Eurípides, Santa Teresa, Quevedo, Keats, Yourcenar o Mao, además de constantes referencias a literaturas orientales, desembocando, en consonancia con el tema general del libro, en la figura del poeta  Yoel Hoffmann y sus Cuentos de la muerte japoneses. Todo ello acompañado de una serie de filosofías insertadas y, por supuesto, con fuerte presencia del folklore. Además, el texto intercala constantemente pequeños relatos (a veces a la manera de las cajas de Foreman), que remiten a una larga tradición medieval hispana. Y desde luego, la omnisciente presencia de García Márquez como sistema sobre el que se sustenta toda la estructura del libro que no deja de ser, al cabo, una “crónica de una muerte anunciada, “.

Junto al arpa y la flauta, el tercer objeto protagonista destacable por su carácter simbólico es ―son― las pompas de jabón que Consuelo emplea para ayudar a morir a los desahuciados. Ante una de las características más llamativas de una pompa de jabón ―los colores― quizá se echa en falta un mayor aprovechamiento del mundo cromático, mientras que se insiste en otras  condiciones como la fragilidad o la fugacidad. Pero el conjunto narrativo, si bien cae demasiadas veces en la reiteración (habría que preguntarse si esto es una idea explícita del autor para crear sensaciones de ostinato, en coherencia con sistemas de meditación budistas), se lee con agrado y no deja de alcanzar en varias ocasiones la armonía que auspicia desde los primeros párrafos.

Habría que cuidar algún error mitológico (en el Asno de Oro, fuente del mito, es Cupido y no Psique quien no quiere ser visto, pág. 154); o alguna afirmación desechada hoy en día (la Artemisa de Éfeso como portadora de multitud de senos que, posteriormente, V. Goldberg y otros estudiosos descubren que en realidad se trata de testículos de toros sacrificados, pág. 164); o algún uso ambiguo del complemento directo de persona. Pero hay que destacar la cuidadosa edición, desde luego esperable por parte de esta Editorial, aunque nunca pueda evitarse algún “duende de imprenta”, peccata minuta frente a la alta calidad material del libro.

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