La teoría de las apariencias de Gustavo Bueno…

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La teoría de las apariencias de Gustavo Bueno
aplicada a Los relatos del Padre Brown de Chesterton

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Felicísimo VALBUENA
Universidad Complutense de Madrid

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Resumen

El autor ha escogido los 49 relatos que G. K. Chesterton escribió y en el que el protagonista era un sacerdote inglés, el Padre Brown. Para estudiarlos, ha elegido los conceptos de fenómeno y apariencia, de Gustavo Bueno, y la clasificación de las apariencias que el filósofo español ha ofrecido. Ilustra los distintos tipos de apariencias que el Padre Brown descubre en sus relatos. Finalmente, al ocuparse de los procedimientos del Padre Brown, el autor emplea los reconocimientos o anagnórisis, de Aristóteles, y los cánones de causalidad de Stuart Mill.

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El Espacio Gnoseológico, de Gustavo Bueno, marco en el que encuadrar este trabajo

En el Eje Sintáctico, me voy a ocupar de definir las apariencias.

En el Eje Semántico, de 49 episodios, que G. K. Chesterton escribió y que tenían como protagonista a un sacerdote, el Padre Brown (En las últimas ediciones han aparecido tres relatos más)

En el Eje Pragmático, expondré algunos de los procedimientos del Padre Brown.

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Eje Sintáctico: los conceptos de Fenómenos y de Apariencias

Gustavo Bueno comienza distinguiendo entre fenómeno y apariencia. Los fenómenos implican la relación de un objeto o disposición de objetos a más de un sujeto; las apariencias implican la relación de un sujeto (animal o humano) a más de dos objetos o disposiciones objetivas. Entonces, toda apariencia ha de ser capaz de desempeñar el papel de fenómeno, así como todo fenómeno ha de ser capaz de desempeñar la función de apariencia.

Ejemplo: En la serie de televisión Crímenes imperfectos, hay casos en los que trabajan varios investigadores, cada uno, desde una perspectiva. No llegan a averiguar quién es el autor de uno o más crímenes. Entonces, los casos se enfrían. Pasan varios años, hasta que otro investigador se hace cargo del caso. Entonces, el material que le entregan desempeña la función de apariencia, puesto que ahora él es el único observador. Y cuando trabaja en las pruebas y pide ayuda a otro investigador, el material se convierte en un fenómeno, puesto que ya hay más de un observador.

Bueno define las apariencias y las clasifica. Como la definición puede resultar complicada, he puesto algunos paréntesis para facilitar la comprensión.

I. Apariencias falaces (o, al menos, no veraces) serán aquellas apariencias (a) que desempeñan, respecto del sujeto (S), una función obstativa (es decir, que impiden que algo se produzca) respecto de la posibilidad de que la realidad (r) se constituya como una disposición objetiva identificable (tendremos en cuenta a r como el término de una relación alotética (que remite a otra cosa) objetiva de a (apariencia).

Dentro de la rúbrica de apariencias falaces Bueno distingue dos subtipos principales:

(A) Apariencias configurativas.

(1) Apariencias configurativas de presencia, cuando (a) sea una disposición presente y delimitada como tal apariencia, o bien de forma que (a) desempeña un papel de apariencia, frente a (r) que desempeña el papel de realidad (el caso de la apariencia del búho producida por la mariposa Calligo), o bien cuando (a) se mantiene como presente frente a un (r) irreal (podría ponerse como ejemplo la apariencia de los canales de Marte «descubiertos» en 1877 por J.V. Schiaparelli) (Bueno, 2000: 32-33).

¿Cómo podemos aplicar este concepto de apariencias falaces a los relatos del Padre Brown?

Fijándonos en las situaciones que crean algunos personajes:

Personajes que no quieren engañar, pero cuyas acciones suscitan apariencias falaces configurativas de presencia.

Israel Gow es un hombre que no cesa de trabajar, sin hablar. Sus acciones dan pie para formar tres teorías falsas sobre la relación entre cuatro cosas: el rapé, los diamantes, las velas y los mecanismos de relojería triturados Al final, como veremos más adelante, el Padre Brown descubre la verdad (La honradez de Israel Gow).

Personajes que quieren engañar y suscitar con sus acciones apariencias falaces en otros, pero sin ánimo de delinquir.

Estos personajes suelen emplear disfraces para crear o suplantar personalidades y manipulan mensajes para provocar confusión o gastar una broma.

La ráfaga del libro cuenta la inocentada que un secretario gasta a su jefe. Se vale de un disfraz y se inventa cinco muertes de otros tantos personajes. También emplea un libro que parece contener un enigma pero que realmente no contiene escrito alguno.

El duelo del doctor Hirsch presenta a éste queriendo crear un fenómeno en la opinión pública. Para lograrlo, actúa con dos personalidades, la suya y la de un coronel francés, quien le reta a un duelo. El duelo no tiene lugar, porque es imposible que una persona mantenga un duelo real consigo misma. El motivo del engaño es el ansia de popularidad del Doctor. Se ha valido del disfraz y del cambio de voz.

Personajes que quieren engañar y suscitar con sus acciones apariencias falaces en otros, con ánimo de delinquir, aunque no de matar.

En La cruz azul, el hábil delincuente Flambeau se disfraza de sacerdote y así quiere que le tome el Padre Brown. Se funde así con el ambiente de un Congreso Eucarístico, mientras su intención es robarle la cruz al sacerdote verdadero. ¿No es esto lo que hace la mariposa Calligo?

Las pisadas misteriosas presenta a Flambeau apropiándose subrepticiamente del puesto de un camarero muerto. Entonces, se vale del frac para causar dos apariencias falaces: puede ser el signo de riqueza de los plutócratas o del oficio de camarero. Partiendo de esas dos apariencias, convierte su andar en un sistema de señales. Cuando corre, quiere que los plutócratas lo tomen por camarero y cuando anda, quiere que los camareros le respeten como a un plutócrata. De esta manera, roba la cubertería de plata. El padre Brown capta esas apariencias y recupera la cubertería.

El mismo Flambeau suplanta la personalidad de un actor canadiense en Las estrellas errantes. Además, emplea el disfraz de Arlequín. De esta manera, puede inutilizar al policía que viene a detenerle y se hace con los diamantes.

En El paraíso de los bandidos, el estafador financiero Mr. Harrogate quiere provocar que los demás deduzcan falsamente que ha sido raptado y que los bandidos han exigido un importante rescate por su liberación. El engaño está en que el guía turístico Ezza es, a la vez, el jefe de una cuadrilla de bandidos y ha llegado a un acuerdo con Mr. Harrogate para fingir el secuestro. Es decir, este relato encadena varias apariencias falaces.

Los conspiradores de La resurrección del Padre Brown logran que tome una bebida para que le haga efecto en el mismo momento en que parece que le atacan por la calle. El resultado es la muerte aparente del Padre Brown. Estos conspiradores quieren lograr una doble apariencia: que la multitud crea que la resurrección del Padre Brown ha sido un milagro y, en otro sentido, que puedan decir que todo ha sido un fraude, por haber tomado el Padre Brown la bebida que producía la catalepsia.

Hunter, el delincuente de La rosa roja de Merú, logra lo que parece imposible: se pinta una mano de color castaño claro y eso le sirve para robar una valiosísima joya, mientras con la otra retiene al maestro hindú cuya piel es del mismo color que el de su mano pintada. Ha realizado su acción en menos de un segundo. De esta manera, logra que los demás crean que el ladrón ha sido el maestro.

El problema insoluble es el que quiere plantear el delincuente Tyrone «el Tigre», haciendo pasar por un asesinato la muerte natural de un familiar anciano. El fin que persigue es ganar tiempo, tener entretenidos al Padre Brown y a Flambeau con sus propios paralogismos o razonamientos falaces y robar el relicario de la catedral de Canterbury.

La cabeza del César contiene el tema del disfraz, en forma de nariz falsa. Esto le sirve al Arthur Castairs para enterarse de secretos de su familia cuando actúa como persona real y para chantajear a su familia cuando se disfraza.

En La canción del pez volador, el delincuente se disfraza de oriental para así engañar a los demás y robar tranquilamente las joyas.

Personajes que quieren engañar y suscitar apariencias falsas de presencia en otros, con ánimo de cometer y ocultar su crimen.

Suplantando una personalidad.

El asesino de La maldición de la cruz dorada emplea dos trucos: suplanta la personalidad del párroco, después de matarle, y dispone el rosario de tal manera que se convierta en un instrumento de muerte. Quiere provocar la apariencia falaz de que las muertes son el resultado de una maldición, cuando realmente él quiere acabar con las dos personas que más saben sobre la reliquia.

El puñal alado cuenta también cómo un asesino suplanta la personalidad de un hermano, al que acaba de asesinar y, después, arroja un abrigo negro a la nieve para hacer creer al Padre Brown que ha sido una muerte de magia. Aquí, de nuevo surge el asunto de la mariposa Calligo.

El sino de los Darnaway vuelve a mostrar que el asesino suplanta la personalidad de la víctima. Además, aprovecha la apariencia de una librería que, en realidad, es la puerta de una entrada secreta.

Después de asesinar a su víctima y esconderla en una armadura, el parricida suplanta la personalidad del padre, mediante disfraz, para beneficiarse del asesinato: El mayor crimen del mundo.

La penitencia de Marne relata cómo un personaje aprovecha un duelo para cometer un asesinato. Después, suplanta la personalidad de su víctima y logra desviar la atención para que los demás piensen a) que ha sido la tristeza la que le ha hecho romper su compromiso de matrimonio y b) que la Iglesia Católica le ha convencido para que viva recluido en un castillo, haciendo penitencia por sus pecados.

Quieren controlar la interpretación de lo que ha ocurrido.

En El martillo de Dios, Wilfred Bohun idea castigar los pecados de su hermano Norman y le destroza la cabeza, dejando caer un martillo desde la torre de la iglesia. Inmediatamente, quiere ocultar el crimen, desviando la atención hacia el tonto del pueblo. Cree que la gente atribuirá el golpe a alguien que tenga mucha fuerza. Además, nadie podrá exigir responsabilidades a una persona i—rresponsable.

El espejo del magistrado presenta al asesino sufriendo las consecuencias de una apariencia falaz, al confundir a su propia persona con la de su víctima. Después de cometer su crimen, dirige todos sus esfuerzos a que los demás deduzcan falsamente que el asesino ha sido el poeta Orm.

En El espectro de Gideon Wise, dos asesinos quieren provocar la apariencia falsa de que han sido los sindicalistas quienes han cometido el asesinato. Preparan también un crimen aparente para que piensen que estaban en un lugar distinto cuando cometieron sus crímenes.

Hay veces en que un personaje no puede controlar dos apariencias falaces que él mismo ha preparado

La punta del alfiler nos hace conocer a un asesino que falsifica una nota anunciadora de un asesinato y una nota de suicidio. Quiere desviar la culpabilidad del asesinato de su tío hacia unos sindicalistas. También desea que piensen que el tío se ha suicidado.

Un personaje quiere que un asesinato pase por un accidente

El ojo de Apolo contiene otra variación muy interesante. Aprovechándose de la ceguera de Pauline Stacey, su hermana Joan y Kalon, el sacerdote de Apolo, desean hacerse con su fortuna, cada uno por su cuenta. Quieren que pase por accidente lo que, en realidad, ha sido un acto criminal inducido.

Un personaje quiere que un suicidio pase por un asesinato o un asesinato por un suicidio.

El extraño crimen de John Boulnois contiene a dos personajes que quieren provocar paralogismos, aunque por distintos motivos. Claude Champion prepara una espada de manera tal que parezca que le ha asesinado John Boulnois, cuando realmente se ha suicidado.

En La forma equívoca, el criminal confecciona una falsa nota de suicidio, manipulando dos pasajes de una narración que estaba escribiendo su víctima. Quiere que pase por suicidio lo que ha sido un asesinato.

Tres criminales atraen la atención de la víctima para que ésta se asome al balcón, en El milagro de la media luna. Una vez logrado esto, elevan el cuerpo con una soga y lo depositan sobre un árbol que da a la fachada posterior del edificio. Quieren suscitar el paralogismo de que un asesinato parezca un suicidio.

Una apariencia sirve para falsificar la historia.

En La muestra de la espada rota, tenemos un ejemplo de cómo se reescribe la historia, falsificándola radicalmente. Desde hace un siglo, se da por hecho que un monumento pase por símbolo de la heroicidad de una persona, cuando lo que realmente ocurrió fue una traición y el ajusticiamiento consiguiente del criminal «heroico».

En general, podemos concebir los relatos del Padre Brown como el esfuerzo de Chesterton por desvelar las falsificaciones de la historia, aunque sea una historia pequeña. Incluso, sugiero leerlas a la luz del extraordinario libro Las falacias del historiador (Fischer, David H.: 1975). El Padre Brown lucha en los relatos contra quienes interpretan el pasado como magia, superstición, sino, «milagro».

 (2) Apariencias configurativas de ausencia. En las apariencias de ausencia habría des—aparecido el término (a); pero de suerte que su ausencia se nos ofrezca como una privación, y no como una mera negación. Nos encontramos entonces con una situación límite constituida al introducir retrospectivamente el término (a) como des—apariencia. La ocultación del animal cazador ante su presa es la forma más común de este tipo de apariencias, en el campo etológico; también la apariencia por ausencia mimética de la presa que estando ante los ojos del cazador queda disimulada como uno más de los contenidos del paisaje (el caso del «melanismo industrial» que hace que la polilla Biston betularia sea sustituida por la forma melánica carbonaria o recíprocamente). El vacío fenoménico fue interpretado por los eléatas como una apariencia (des-apariencia) del Ser. Hablaremos, por tanto, de «apariencias eleáticas». (Bueno, 2000: 33-34).

Jorge Luis Borges admiraba mucho a Chesterton. En sus Conversaciones con Osvaldo Ferrari, habla de Chesterton más que de ningún otro autor y le dedica dos Capítulos (24 y 48).

Hay un cuento que se llama “El hombre invisible”, en que hacia el final está la solución: es una persona invisible porque es demasiado visible; se trata de un cartero que tiene un uniforme vistoso, y a quien, como entra y sale todos los días, se lo ve como uno de los hábitos de la casa (Borges, 1992: 311).

El Padre Brown nos explica cómo ha efectuado el reconocimiento del cartero como asesino.

Es un hombre en quien no se piensa, como no sea premeditadamente. En esto está su talento (El hombre invisible, en Chesterton, 1987: 118).

En El hombre invisible, un pretendiente despechado se hace cartero para, aprovechándose del uniforme, pasar desapercibido y cometer el crimen—venganza. Así pues, hay un desdoblamiento entre su identidad personal y el oficio que desempeña, poniendo el segundo al servicio de la su venganza.

Volverá a repetir este juicio en otros relatos.

—No hay que olvidar una verdad de tipo general —dijo el padre Brown tras una pausa—. A veces, una cosa está demasiado cerca para que la veamos; así, un hombre no puede verse a sí mismo. Una vez hubo un hombre que tenía una mosca en el ojo, se puso a mirar por el telescopio y vio que había un dragón increíble en la luna. Y también me han dicho que si un hombre escucha la reproducción exacta de su voz no le parece la suya propia. De la misma manera, si algo de lo nos rodea en la vida cotidiana no cambia de sitio, casi no nos apercibimos de ello, y si se colocara en un lugar imprevisto, llegaríamos a creer que venía de un lugar desconocido. Salga usted un momento conmigo. Quiero que lo mire desde otro punto de vista (La canción del pez volador, en Chesterton, 1997: 147-148).

El lenguaje es un medio decisivo para producir apariencias de ausencia

Habrán ustedes notado que la gente nunca contesta a lo que se le dice. Contesta siempre a lo que uno piensa al hacer la pregunta, o lo que se figura que está pensando. Supongan ustedes que una dama le dice a otra, en una casa de campo: “¿Hay alguien contigo?”. La otra no contesta: “Sí, el mayordomo, los tres criados, la doncella, etc.”, aun cuando la camarera esté en el otro cuarto y el mayordomo detrás de la silla de la señora, sino que contesta: “No, no hay nadie conmigo”, con lo cual quiere decir “No hay nadie de la clase social a la que tú te refieres”. Pero si en un caso de epidemia es el doctor el que hace la pregunta: “¿Quién más hay aquí?”, entonces la señora recordará sin duda al mayordomo, a la camarera, etc. Y así se habla siempre. Nunca son literales las respuestas, sin que dejen por eso de ser verídicas (El hombre invisible, en Chesterton, 1987: 117-118).

Lord Stanes era un hombre fla­co, de cabeza alargada, ojos cavernosos, con el cabello ralo, rubio, declinando hacia la calvicie, y la más eva­siva persona que jamás había conocido el sacerdote. No tenía rival en el manejo del talento de Oxford, que con­siste en decir: «No dudo que está usted en lo justo», lo que suena a: «No dudo que usted cree que está en lo justo», o simplemente: «Usted cree», lo que implica la amarga adición: «Usted quisiera» (Chesterton, 1957: 109).

—Supongo que, como usted dice, no estamos de acuerdo en los detalles, pero en cuanto a la política real…

— Mi querido amigo— dijo el tío amablemente—, espero que no habrá nunca un verdadero desacuerdo.

De lo cual, quienquiera que conozca a la nación inglesa debe deducir rectamente que había existido un considerable desacuerdo (Chesterton, 1957: 111).

Podemos notar en Eric Berne, autor norteamericano al que admiro, la misma ironía que en los fragmentos del autor inglés. Si Chesterton se refería al «talento de Oxford», Berne discurre sobre el «subjuntivo de Berkeley»:

«El Subjuntivo, o, como se le llama familiarmente, el ‘Subjuntivo de Berkeley’, comprende tres puntos. Primero, las expresiones ‘si’ o ‘si al menos’; segundo, el uso de subjuntivos o condicionales como ‘haría, debería, pudiera’; y tercero, las palabras de no compromiso como ‘hacia’. El Subjuntivo de Berkeley se cultiva sobre todo en los campus universitarios. La expresión clásica es: ‘Debería hacerlo, y lo haría si pudiera, pero…’. Hay variantes como ésta: «Si al menos ellos lo hicieran, yo podría, y creo que probablemente debería, pero…’», o ésta: «Yo debería, y probablemente podría, pero entonces ellos harían…».

«Esta actitud de subjuntivo se formaliza en los títulos de libros, tesis, trabajos y deberes estudiantiles. Ejemplos corrientes son: «Algunos factores implicados en…» (= si al menos), o «Hacia una teoría de…» (= lo haría si pudiera, y sé que debería). En el caso extremo, el título dice: «Algunas observaciones introductorias referentes a factores implicados en la recolección de datos de cara a una teoría de…» (título verdaderamente modesto, pues es evidente que pasarán unos doscientos años antes de que la teoría propiamente dicha esté lista para publicarse). Es obvio que la madre de este hombre le dijo que no asomara la cabeza. Su siguiente trabajo probablemente será: «Algunas observaciones finales referentes.., etc.». Habiendo acabado ya con las Observaciones, probablemente los títulos de sus obras sucesivas serán cada vez más cortos. Cuando tenga cuarenta años, habrá acabado con los prolegómenos y aparecerá su obra número seis, «Hacia una teoría de…», pero casi nunca viene la teoría propiamente dicha. Si viene, y la séptima obra es la teoría misma, luego vendrá una octava obra titulada: «Lo siento. Volvamos al antiguo computador». Siempre está en camino, pero nunca llega a la siguiente estación.» (Berne, 2002: 364—365).

(B) Apariencias por conexión.

Por conexiones de presencia adventicias, erróneas, o desviadas: Apariencias derivadas de asociaciones accidentales, por ejemplo, de contigüidad secuencial (post hoc, ergo propter hoc), de semejanza (ilusiones de la magia homeopática, &c.).

En La ausencia de Mister Copa, el protagonista, Mr. Todhunter, es un nigromante, prestidigitador, ventrílocuo y experto en el truco de las cuerdas (como el célebre Houdini). Su novia le ve inmóvil y oye una voz extraña. Interpreta que Todhunter ha muerto a manos de Mister Copa. Crea este nuevo personaje en su imaginación y, a partir de ahí, vemos cómo un «experto» va fabricando diversas hipótesis sobre esa supuesta muerte, que al final resultan falsas.

El escándalo del Padre Brown presenta a un periodista interpretando mal que el Padre Brown preste su dormitorio a una mujer casada para que ésta, supuestamente, huya con su amante. En realidad, el Padre Brown se ha limitado a ayudar a un matrimonio en apuros, aunque los indicios apunten a lo contrario. Sin embargo, la crónica del periodista sirve para calumniar al Padre Brown en Estados Unidos.

Los tres instrumentos de la muerte presenta a sospechosos que van relevándose como autores de un crimen que realmente ha sido un suicidio. Una variante atractiva del relato es que el secretario y prometido de la hija, convierte los signos en señales para autoinculparse y evitar así que acusen a su novia.

Por ausencia de conexión (por des—conexión). Hipóstasis o sustantivación de términos objetivos des—contextualizados (la apariencia del Sol copernicano, centro del mundo, en cuanto entidad sustantivamente dada). (Bueno, 2000: 34).

En La cruz azul, Chesterton escribía:

 “La conversación era esa conversación extraña, trivial, que gobierna al Imperio británico —que le gobierna en secreto—, y que sin embargo, resultaría poco ilustrativa para cualquier inglés ordinario, suponiendo que tuviera el privilegio de oírla….

El joven Chesterton, a sus 34 años, se atreve a ridiculizara los políticos británicos haciendo ver la desconexión entre lo que el público espera de ellos y los recursos verbales absurdos que emplean los políticos para elaborar apariencias falaces,

 “A los ministros del Gabinete se les aludía por su nombre de pila, con cierto aire de benignidad y aburrimiento. Al Canciller Real del Tesoro, a quien todo el partido tory maldecía a la sazón por sus exacciones continuas, le elogiaban por los versitos que solía escribir o por la montura que usaba en las cacerías. Al jefe de los tories, odiado como tirano por los liberales, le discutían, y, finalmente, le elogiaban por su espíritu liberal. Parecía, pues, que concedieran mucha importancia a los políticos, y que todo de ello fuera importante menos su política…”

II. Apariencias veraces (al menos, no falaces).

Apariencias sinalógicas, fundadas en relaciones alotéticas sinalógicas (a,r): indicios, huellas, velos, síntomas. La apariencia sana o aspecto exterior—k visible (a) de un organismo (de su piel, &c.), me remite a la salud de los órganos invisibles encerrados por el «estuche epidérmico», que constituyen la realidad (r) de referencia; la apariencia—k es ahora un síntoma (y el síntoma puede tomarse ahora como un signo instrumental, con praevia notitia sui) y tiene con la realidad la relación alotética que el efecto tiene con la causa. (Bueno, 2000: 34).

La unidad sinalógica se caracteriza por no precisar una proximidad, contigüidad o continuidad, entre los términos de referencia.

Jurgen Ruesch y Weldon Kees distinguieron hace tiempo tres tipos de variedades en el lenguaje no verbal: de signos, de acción y de objetos. Este triple lenguaje guarda relación con las apariencias sinalógicas.

Lenguaje de signos. Los gestos sustituyen a palabras, números y signos de puntuación.

«Y a esto se debieron los pre­sentimientos que tuvo ella en el mar cuando él la mi­raba desde lejos. La figura y el modo de andar de cualquiera, aunque esté lejos, nos recuerda a alguien mejor que una cara normal que vemos de cerca.» (La cabeza del César, en Chesterton, 1960: 89—90; 1991: 129).

«Si quiere usted saber cómo es una mujer, no la mire directamente, por­que quizá sea demasiado inteligente y lista; no mire tampoco a los hombres que la rodean, pues quizá sean demasiado tontos, sino mire a otra mujer que esté cerca de ella y en especial a una que esté a sus órdenes. Usted verá en ese espejo su rostro verdadero;» (La actriz y su doble, en Chesterton, 1997: 125).

«—¿Qué diablos quiere decir?

—Esto nos demuestra cuán falsas suenan las voces por teléfono— siguió diciendo el Padre Brown reflexi­vamente—. Oí los tres tiempos de este asunto esta mañana y creí que sólo eran bromas. Primero una mujer me llamó pidiéndome que fuera a esa posada lo antes posible. ¿Qué quería decir esto? Naturalmente, quería decir que el viejo abuelo estaba muriéndose. Después lla­mó para decirme que ya no había necesidad de que fue­ra. Y esto, ¿qué quería decir? Está claro: que el abuelo había muerto. Murió pacíficamente en su cama; probablemente, un fallo del corazón: de vejez. Después llamó ­por tercera vez y dijo que a pesar de todo, debía ir. ¿Qué quería decir ahora? ¡Ah, eso es algo más interesante!.» (Chesterton, 1997: 140).

Ahora es el momento explicar cómo el Padre Brown convierte en información el ruido que estaba captando en Las pisadas misteriosas. Reconoce a Flambeau, ladrón de los cubiertos de plata, por los indicios de unas pisadas que forman ritmos. Ahora bien, Flambeau quiere que sus pisadas sean señales: Unas veces anda como un plutócrata ante los camareros y otras corre como un camarero ante los plutócratas. El sacerdote capta también que un frac es el traje—signo de los ricos y el de los camareros.

Lenguaje de acción abarca todos los movimientos que no son empleados exclusivamente como señales. Hay infinidad de movimientos que la persona ejecuta con una intención y, sin embargo, los observadores interpretan de manera distinta tales movimientos.

El Padre Brown explica que se dio cuenta de que había catorce camareros, a pesar de que uno había muerto. Descubre las dos funciones del frac y los dos ritmos de las pisadas. (Chesterton, 1987: 59—80).

Lenguaje de objetos comprende todas las exhibiciones, consciente o inconscien­temente intentadas, de cosas materiales, entendiendo esto de la forma más am­plia posible, desde un bolígrafo hasta el último grito en moda, arquitectura o auto­móvil.

El Padre Brown es experto en captar el lenguaje de objetos. Para quien desee aprender a captar los ambientes, le recomiendo leer a Chesterton, quien sitúa los relatos en varias partes de Inglaterra, Europa, Iberoamérica e, incluso, España. Como mi recomendación resulta muy insuficiente, me apoyaré en la autoridad de Jorge Luis Borges, gran admirador de Chesterton. El escritor argentino destaca, entre uno de los rasgos más inconfundibles del escritor inglés, que adapta cada relato a un determinado ambiente:

 «—Los cielos, los bosques, los paisajes, la arquitectura —la arquitectura de cada cuento es distinta—; hay algunos cuentos que están escritos para una catedral gótica, por ejemplo.. Y el misterio ya se parece a eso; toma esa forma. Y otros construidos para el Highlands, las tierras altas de Escocia; y otros para las afueras de Londres. Y algunos suceden también en París: “El duelo del doctor Hirsch”, por ejemplo. Y todo es adecuado a ese medio.» (Borges, 1992: 160).

«Menos inútil que la discusión de ese juicio me parece la comprobación de una facultad que Bret Harte comparte con Chesterton y con Stevenson: la invención (y la enérgica fijación) de memorables rasgos visuales…» (Borges, 1979: 7).

«También están los paisajes —los personajes aparecen como actores que entran en escena, y son siempre muy vívidos; visualmente vívidos—.» (Borges, 1992: 311).

Apariencias isológicas: analogías, proporciones, &c. (la ley de atracción de las cargas eléctricas de Coulomb como apariencia de la ley de gravitación de Newton).

Stuart Mill ofrece sus cánones de causalidad en el Libro 3, Capítulo 8, de su Sistema de Lógica. El primer canon de causalidad de Stuart Mill, el de las concordancias, tiene su lugar dentro de las apariencias isológicas.

«Si dos o más casos del fenómeno sometido a investigación tienen sólo una circunstancia en común, la circunstancia en la que únicamente todos los casos concuerdan es la causa (o efecto) del fenómeno dado».

Ya he presentado el relato La honradez de Israel Gow. Veamos ahora cómo resuelve el Padre Brown el problema.

«Esta criatura mutilada, aunque entienda poco, entendió muy bien las dos ideas fijas de su señor: primera, que en este mundo lo esencial es el derecho, y segunda, que él había de ser, por derecho, el dueño de todo el oro de Glangyle. Y esto es todo, y es muy sencillo. El hombre ha sacado de la casa todo el oro que había, y ni una partícula que no fuera de oro: ni siquiera un minúsculo grano de rapé. Y así levantó todo el oro de las viejas miniaturas convencido de que dejaba el resto intacto. Todo eso me era ya comprensible, pero no podía yo entender lo del cráneo, y me desesperaba el hecho de haberlo encontrado escondido entre las patatas. Me desesperaba… hasta que a Flambeau se le ocurrió decir la palabra dichosa.

«Todo esto está ya muy claro, y todo irá bien. Este hombre volverá el cráneo a la sepultura, en cuanto le haya extraído las muelas de oro.» (Chesterton, 1987: 138).

Apariencias mixtas. Valdrían como ejemplo los espejismos. (Bueno, 2000: 34—35).

 

El Eje Pragmático: los procedimientos del Padre Brown

Las figuras del eje pragmático, en la Gnoseología de Bueno son: autologismos, dialogismos y normas.

Los autologismos recogen todas las intuiciones, el trabajo tenaz, los recuentos de experiencias y el sentido del humor. Es decir, todos los componentes subjetivos.

—… Yo quise decir, y digo, que me vi a mí mismo cometiendo los asesinatos. No digo que los ejecutara. Pero ahora no se trata de eso. Un ladrillo o cualquier trasto habría servido para perpetrarlos. Lo que yo quiero decir es que pensé y pensé de qué manera podría un hombre llegar a ser así, hasta que me daba cuenta de que yo mismo era de aquella manera, en todo, menos en aceptar el consenti­miento formal de la acción. Me lo sugirió una vez un amigo mío como ejercicio religioso.

El Padre Brown demuestra la efectividad de sus autologismos en que rompe el marco de los personajes de no pocos relatos.

— Ya sabe usted que el jardín está completamente cerrado, como una cámara hermética —prosiguió el doctor—. ¿Cómo, pues, pudo el desconocido llegar al jardín?

Sin volver la cara, el curita contestó:

— Nunca hubo ningún desconocido en ese jardín». (El jardín secreto).

— No— dijo el padre Brown en voz baja—, no cayó. Se levantó.» (El milagro de la media luna)

— Esto es lo que quiero decir— prosiguió— cuando digo que estaban en ello, precisamente porque estaban fuera de ello.» (El espectro de Gideon Wise).

— No salió de la casa, digo yo, porque no estuvo jamás en ella— dijo el Padre Brown—. No estuvo aquella noche, quiero decir.» (El espejo del magistrado).

— Pues no lo comprendo— interpuso el otro—. No había nadie al otro lado de la ventana fuera de él; y en verdad que fue una mano lo que salió de allí.

— La mano salió del exterior y el ladrón del interior— dijo el Padre Brown (La luna roja de Merú).

— ¡Oh, sí!— dijo el Padre Brown.

— ¿No debiera estar al lado de su esposo?

— Ella está con su esposo (El escándalo del Padre Brown).

— Berridge no desapareció —dijo el Padre Brown—, sino todo lo contrario.

—¿Qué diablos quiere dar a entender con «sino todo lo contrario»?

—Quiero decir— dijo el Padre Brown— que nunca desapareció. Apareció (La ráfaga del libro).

Los dialogismos surgen, sobre todo, cuando el sacerdote explica cómo ha llegado a la verdad de cada relato.

En cuanto a las normas, llevo años analizando y enseñando a analizar obras de teatro, novelas, películas, autobiografías, biografías… con las aportaciones de dos grandes filósofos: Aristóteles, con sus cinco tipos de reconocimiento que el filósofo griego ofrece en su Retórica y los cinco cánones de causalidad de Stuart Mill, al que ya he citado, y que expone en su obra Sistema de Lógica. Creo que el método científico que emplean los investigadores, detectives, policías, psicólogos, sociólogos… se sintetiza en emplear alguno o varios de los reconocimientos y cánones.

Aristóteles distingue cinco tipos de reconocimientos o anagnórisis: Por signos, indicios, señales y símbolos; por declaración del autor; por recuerdo; por argumentación; por inferencia falsa o paralogismo; y por la naturaleza misma de los incidentes (Aristóteles, 1974: 183—187).

John Stuart Mill levanta una cinegética causal con cinco cánones de causalidad: de las concordancias; de las discrepancias; de las concordancias y de las discrepancias; de los residuos; y de las variaciones concomitantes.

Dada la limitación de este artículo, sólo pondré un ejemplo de cómo el Padre Brown procede según reconocimientos y cánones de causalidad:

En El martillo de Dios, el sacerdote descubre por argumentación y empleando el canon de los residuos cómo Wilfred Bohun ha asesinado a su hermano.

Señor —dijo el médico con brusquedad—, usted paree conocer algunos secretos de este feo negocio. ¿Pedo preguntarle a usted si se propone guardárselos para sí?

 —¡Cómo, doctor! —contestó el sacerdote, sonriendo plácidamente—. Hay una razón decisiva para que un hombre de mi profesión se calle las cosas cuando no está seguro de ellas, y es lo acostumbrado que está a callárselas cuando está cierto de ellas. Pero si le parece a usted que he sido reticente hasta la descortesía con usted o con cualquier, violentaré mi costumbre todo lo que me sea posible. Le voy a dar a usted dos indicios…”

—Primero —contestó el Padre Brown—, algo que le compete a usted: es un punto de ciencia física. El herrero se equivoca, no quizá en asegurar que se trate de un acto divino, sino en figurarse que es un milagro. Aquí no hay milagro, doctor, sino hasta donde el hombre mismo, dotado como está de un corazón extraño, perverso y, con todo, semiheroico, es un milagro. La fuerza que destruyó ese cráneo es una fuerza bien conocida de los hombres de ciencia: una de las leyes de la naturaleza más frecuentemente discutidas.

El doctor que lo contemplaba todo con sañuda atención, preguntó simplemente:

 —¿Y el otro?

 —El otro indicio es éste —contesto el sacerdote—. ¿Recuerda usted que el herrero, aunque cree en el milagro, habla con burla de la posibilidad de que su martillo tuviera alas y hubiera venido volando por el campo desde una distancia de media milla?

—Sí: lo recuerdo.

—Bueno —añadió el Padre Brown con una sonrisa llena de sencillez—. Pues esta suposición fantástica es la más cercana a la verdad de cuantas hoy se han propuesto (Chesterton, 1987: 202)

El relato acaba con un diálogo entre el Padre Brown y Wilfred Bohun en la torre de la iglesia. El padre Brown reconstruye lo que ocurrió por la naturaleza de los incidentes:

Había algo más para tentarle: tenía en su mano uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; quiero decir, la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de la tierra vuelan hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Mire usted: el inspector pasea precisamente allá abajo, por el patio de la fragua. Si yo le tiro una piedrecita desde este parapeto, cuando llegue a él llevará la fuerza de una bala. Si le dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño… (Chesterton, 1987: 205)

Sé lo que usted ha hecho, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando se separó usted de su hermano, estaba poseído de ira, una ira no injustificada, al extremo que cogió usted al paso un martillo, sintiendo un deseo sordo de matarlo en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose se lo guardó usted en su levita abotonada y se metió usted en la iglesia. Estuvo usted rezando aquí y allá sin saber lo que hacía: bajo la vidriera del ángel en la plataforma de arriba, en otra de más arriba, desde donde podía usted ver el sombrero oriental del coronel como el verde dorso de un escarabajo rampante. Algo estalló entonces dentro de su alma y dejó usted caer el rayo de Dios (Chesterton, 1987: 206).

 

Bibliografía

  • Berne, Eric (2002): ¿Qué dice usted después de decir ‘Hola’. La psicología del destino humano. Barcelona, Random House—Mondadori.
  • Bueno, Gustavo (1990): Nosotros y ellos. Ensayo de reconstrucción de la distinción emic/etic de Pike. Oviedo, Pentalfa Ediciones.
  • Berne, Eric (2000) Televisión: Apariencia y verdad. Barcelona, Gedisa.
  • Chesterton, Gilbert Keith (1987) : El candor del Padre Brown. Madrid, Anaya, 1987 (5ª Edición). La primera edición inglesa es de 1911: The Innocence of Father Brown.
  • Chesterton, Gilbert Keith (1960, 1991) La sabiduría del padre Brown. Barcelona, G. P., 1960. Madrid, Anaya, 1991. La primera edición inglesa es de 1914: The Wisdom of Father Brown.
  • Chesterton, Gilbert Keith (1976, 1993) La incredulidad del Padre Brown. Barcelona, G. P. Madrid, Anaya, 1993. La primera edición inglesa es de 1926: The Incredulity of Father Brown.
  • Chesterton, Gilbert Keith (1997) El secreto del Padre Brown. Madrid, Ediciones Encuentro, 1997. La primera edición inglesa es de 1927: The Secret of Father Brown.
  • Chesterton, Gilbert Keith (1957) El escándalo del Padre Brown. Barcelona, G. P. La primera edición inglesa es de 1935: The Scandal of Father Brown.
  • Chesterton, Gilbert Keith (2012) Los relatos del Padre Brown. Barcelona, Acantilado.
  • Fischer, David Hackett: Historians’ Phallacies. Toward a Logic of Historical Thought. Nueva York, Harper Torchbooks, 1975.
  • Mill, Stuart (1930): System of Logic. Nueva York, Longmans & Green. Existe traducción española: Sistema de Lógica inductiva y deductiva. Madrid, Daniel Jorro, 1917.
  • Pike, Kenneth L. (1943): Phonetics. University of Michigan. Nueva edición, 1971.
  • Pike, Kenneth L. (1971) Language in Relation to a Unified Theory of Human Behavior. Glendale, Summer Institute of Linguistics; 2ª edición, Mouton, La Haya).
  • Ruesch, Jurgen y Kees, Weldon (1972) Nonverbal Communication. Notes on Visual Perception of Human Relations. Berkeley, University of California Press (La edición original es de 1956).

 

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